Entonces el hombre que le conducia le quitó de los ojos el pañuelo.

Molina de Medrano á la luz de una vela de sebo que ardia sobre una mesa, vió un aposento reducido, humedo, y por únicos muebles una silla, la mesa que hemos indicado, y sobre ella un tintero, papel blanco y una bugía.

Ante él habia un hombre: aquel hombre era alto, fornido, vestia coleto de ante, greguescos pardos, calzas rojas y zapatos de ante con lazo: llevaba en su talabarte una espada de voluminosa empuñadura, una daga con enorme guardamano, y un par de pistoletes ó pedreñales de extraordinaria longitud; tenia cubierta la cabeza con un sombrero ancho de alas caidas, el rostro con un antifaz de cuero, y los hombros con una ancha capa parda.

—¿Que tal te parece esto? dijo aquel hombre sentándose en la única silla que habia, y señalando con un ademan al inquisidor el aposento en que se encontraban; no es muy hermoso que digamos, pero no son mucho mejores vuestros calabozos de la Inquisicion. Aquí á lo menos no hay cadenas, ni ruedas, ni hornillos, pero te advierto que no te fies mucho de esto, porque ya, sin esos trevejos, encontraré medio de darte tormento si te niegas á hablar. Veamos, añadió el incógnito poniéndose en posicion de escribir; apunto mi primera pregunta. ¿Ha recibido el inquisidor general don Fernando Valdés, una carta firmada por un moro?

Molina de Medrano que se habia decidido por sacar su pellejo lo mejor librado posible, contestó con un sí categórico.

—¿Has estado esta tarde en casa del inquisidor general?

—Si.

—¿El inquisidor general te ha enviado á ver al rey?

—Sí.

—¿Has esperado en la antecámara de audiencias dos horas largas?