—¡Otro papel! ¿Y para qué?

—Escribe con letra clara y puño firme lo que voy á decirte.

—Espero que no tratareis de perderme.

—No; pero trato de asegurarte. Escribe.

Y dictó al inquisidor lo siguiente:

«Mi buen amigo Harum-el-Geniz: agradecido á las dádivas que os debo...

—¡Pero esto me deshonra! exclamó el inquisidor.

—Escribe ó te mato, murmuró sordamente el encubierto, y continuó:

»... á las dádivas que os debo, no puedo menos de avisaros que he ido á ver al rey esta tarde de órden del inquisidor general, que ha recibido vuestra carta. El rey me ha mandado pedir al inquisidor general, una órden para que se permita entrar un encubierto en la cárcel del Santo Oficio esta noche. Como esto tiene, sin duda, relacion con el emir, os lo comunico para que esteis avisado y tomeis las medidas que creais oportunas. Os advierto que el inquisidor general tiene mucho miedo, y que podreis hacer de él cuanto querais. De lo que haya de nuevo os avisaré, como debo. Guárdeos Dios. De esta vuestra casa á veintidos dias del mes de julio de 1567.—El licenciado Molina de Medrano.

El inquisidor escribió sudando y de la mejor manera que pudo esta carta, que su tiránico apresador leyó detenidamente.