—Ciérrala á tu modo, le dijo despues de leerla, y pon en el sobrescrito: á Sidy Harum-el-Geniz, walí del poderoso emir de los monfíes.

El sacrificio estaba consumado: Molina de Medrano estaba cogido: por mas que declarase la violencia de que habia sido víctima; por mas que se preparase, estaba seguro de que, si aquella carta iba á dar en manos del inquisidor general, era hombre perdido.

Ademas de esto, y acaso porque fuese verdad, acaso por aterrarle, el encubierto le dijo:

—Vamos ven: voy á ponerte en libertad para que vayas á casa del inquisidor general; pero cuenta con lo que hablas en ella, porque hay allí ojos y oidos que ven y oyen, cuanto nosotros queremos ver y oir.

Volvióle á vendar los ojos, le sacó fuera del subterráneo y de la casa, de la misma manera que le habia llevado á ella, y luego, despues de haber dado vueltas y revueltas, se abrió la portezuela y una mano le condujo á alguna distancia. Poco despues sintió que el que le habia conducido se alejaba, y se quitó el pañuelo de los ojos: encontróse en una calle lóbrega y delante de la luz de una imágen: á aquella luz el inquisidor vió el pañuelo con que le habian vendado y se estremeció: aquel pañuelo estaba manchado de sangre.

Dominóse lo mejor que pudo, se orientó y vió que estaba muy cerca de la casa del inquisidor general, á la que se dirigió entrando en ella mas muerto que vivo.

Una hora despues salió.

Al poco tiempo conoció que un hombre embozado le seguia: apresuró el paso, pero el embozado le apresuró tambien: desgraciadamente marchaban por una calle solitaria, y no habia una sola puerta abierta ni pasaba una sola persona.

Entróle á Medrano un miedo mortal, y se dió á un trotecillo picado que tenia todas las señales de fuga.

—¡Diablo, dijo el que le seguia, y como huis de los amigos, señor licenciado!