El inquisidor se estremeció: habia reconocido la voz del que anteriormente le habia apresado, pero estaba cerca la desembocadura de la calle, y probó á ganar la esquina.

—Me vais á obligar á que os demuestre que una pelota de pistola corre mas que vos, amigo mio, dijo roncamente el tenaz perseguidor.

A aquella insinuacion, Molina de Medrano se detuvo y quedó inmóvil, como si se hubiera convertido en una estátua.

El embozado, á quien llevaba mucha delantera, llegó á él.

—¿Adónde vais? le dijo.

—Al alcázar.

—¿Llevais, pues, la órden pedida por el rey?

—Creo que si.

—Venid á este soportal.

El inquisidor obedeció y siguió al embozado á un soportal oscuro.