Allí fue registrado escrupulosamente: no llevaba consigo mas que un pliego cerrado, cuya oblea estaba todavia fresca.

—Esperadme aquí, le dijo aquel hombre.

—¿Pero os llevais la órden?

—Yo volveré á traerósla...

—Pero...

—Esperad.

Molina de Medrano se resignó y esperó un cuarto de hora escondido en el soportal, y temblando, á que volviese el terrible incógnito.

Cuando este volvió le entregó el pliego.

—Veo con satisfaccion que no me habeis engañado, le dijo: es efectivamente la órden consabida. Id y llevádsela al rey. Cuidad de no tomar una necia precaucion, ó de procurar prenderme; porque no lo conseguiriais, y la prueba os costaria muy cara. Id en paz; llevad al rey esa órden, y no tengais miedo por el camino, porque yo os acompaño.

Molina de Medrano salió todo trémulo y desconcertado, y tomó la direccion del alcázar: por mas que aguzó el oido y volvió cautelosamente algunas veces la cabeza durante el tránsito, no pudo notar tras sí ninguna persona.