Una hora despues salió del alcázar, y escarmentado ya, varió de direccion y tomó hácia la iglesia de Santa María.

Pero al pasar bajo el arco, que entonces existia en aquel lugar, se despegó de la pared un bulto, que fue para el inquisidor una aparicion lúgubre.

—Seguidme, dijo aquel hombre.

No era la misma voz, pero el aspecto del nuevo encubierto era enteramente igual al del anterior.

Molina de Medrano obedeció y siguió á su nuevo tirano hácia la calle de Segovia, murmurando:

—¡Dios mio! ¡ese condenado moro, tiene monfíes en todas partes!

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Entre tanto en la casa del inquisidor general, acontecia una escena que no debemos pasar en silencio.

Apenas habia salido de ella Molina de Medrano, un familiar anunció á don Fernando Valdés, que el señor don Luis de Robles deseaba hablarle.