—¡Oh! ¡me viene como llovido del cielo! murmuró el cardenal, despues de haber mandado que le introdujeran.
Entró á poco un jóven como de veinticuatro años, al parecer caballero, y gentilmente vestido.
—Guarde Dios á vuesamerced, señor familiar, dijo dulcificando su acento, generalmente áspero, Valdés; ¡y que me place de veros! ¡venid, venid á sentaros á mi lado! estos malditos humores me tienen postrado en este sillon; y luego los sinsabores que debo á mi oficio de inquisidor general me irritan la gota. Venid, venid acá, valiente caballero. Pareceme que cada dia estais mas contento de la predileccion con que os miro, y de las honras que os hace el Santo Oficio.
—¡Ah, señor cardenal! dijo el jóven llevando un sillon junto á la poltrona del prelado, y sentandose con noble soltura; indudablemente que todo lo debo á vuestra señoría, no á mis pobres merecimientos.
—No tal, no tal; vos sois uno de los miembros mas útiles del Santo Oficio, y á vuestra fe cristiana, y á vuestro celo por la honra de Dios y nuestro católico monarca, su imágen sobre la tierra, debemos muchas noticias acerca de ese asunto de los monfíes, de ese asunto que se va haciendo terrible.
—Débese á la casualidad, señor cardenal; ya os dije que he estado cautivo en Argel dos años, lo que me ha servido para aprender la lengua de los moros, y por doble desgracia, al saltar en tierra de Almuñecar, y en mi primer jornada por las Alpujarras, fuí apresado de nuevo por los monfíes y obligada mi familia á pagar un crecido rescate. Estas desgracias, sin embargo, han sido una felicidad para mi, puesto que me proporcionan ciertos medios para entenderme con esa gente... la conozco sobre todo.
—¿Y creeis que haya en Madrid algunos de ellos?
—¡Si lo creo! no tengo duda. El emir es hombre que nunca entra en un lugar sin dejar cubierta la salida.
—Pero no habeis podido descubrir.....
—Esto es difícil: por su costumbre de tratar con los cristianos, esos moros hablan perfectamente nuestra lengua, pueden disfrazarse y proveerse de papeles falsos que prueben un nombre y un parentesco cualquiera; venir á la córte y entrar al servicio del mismo rey, sin ser conocidos.