—Pero y bien...
—Trabajo por ponerme en el caso de dar con el nido, ó mejor dicho, con los nidos que deben tener en la córte esos traidores. A propósito, valiéndome de mi cualidad de familiar del Santo Oficio, y de la autorizacion que tengo para entrar en los calabozos de todos los presos sin excepcion, he bajado hoy al del emir de los monfíes.
—¿Y se encuentra en estado de sufrir la prueba del tormento?
—¡Oh! ¡no señor! está fuera de peligro pero muy débil: nada se conseguiria.
—¡Ah! ¡ah! á ese hombre le protege lo mismo que le ha puesto en nuestro poder: pero no importa: dicen que puede prestar declaracion.
—Su razon está despejada y fuerte, de lo que he podido juzgar en dos horas que he estado hablando con él.
—¿Y de qué le habeis hablado?
—Le he propuesto lisa y llanamente, para inspirarle confianza, que si me dá una gran cantidad de dinero, le procuraré su fuga.
—Y... ¿qué os ha respondido?
—¡Oh! es un hombre terrible: me ha dicho con la serenidad mas completa:—Agradezco vuestros servicios, pero yo no estoy preso, caballero.