—Si por cierto: sé, por ejemplo, que el emir Yaye-ebn Al-Hhamar, se escapará de las prisiones del Santo Oficio, como sé que tú, Fernando Valdés, tienes miedo de tenerlo preso.

Para comprender esta variacion de tono del familiar, debemos advertir, que poco antes de pronunciar estas palabras, habia resonado en la calle un silbido particular.

—¿Qué significa esto? exclamó dominado por la sorpresa y por la cólera Valdés.

—Esto significa, que tienes delante un monfí en cuerpo y en alma; un moro disfrazado de cristiano.

—¡A mí! ¡pages! ¡familiares! exclamó pálido de espanto el inquisidor general, apoyando fuertemente sus manos en los brazos del sillon, y procurando, aunque inútilmente, levantarse.

—No grites ni te esfuerces, viejo, dijo sin variar de tono el jóven, en cuyo acento se notaba únicamente un profundo desprecio: en tu casa, desde ahora hasta que esté libre el emir, no hay mas que monfíes; tus pages y tus familiares están encerrados y no acudirán á tu voz. En cambio, observa. ¡Ola! exclamó el jóven con acento de autoridad.

Inmediatamente apareció en la cámara un hombre de las peores trazas posibles, verdadero truan de plaza, que adelantó con desenfado.

—¿Ha llegado la hora de aplastar la cabeza á este viejo víbora, Suleiman? dijo aquel hombre dirigiendo la palabra al jóven, y una mirada de odio salvaje al cardenal.

—No, Jafar, pero será muy posible que haya necesidad de apretarle los pulgares, lo que debes evitar, cardenal, porque estás achacosillo y delicado, añadió volviéndose á Valdés que estaba mudo de sorpresa, de miedo y de cólera; te ruego que te tranquilices, á fin de que puedas escribir con seguridad y de manera que nadie dude de tu escrito, una órden para el alcaide de la cárcel del Santo Oficio en Madrid, á fin de que me entregue la persona del duque de la Jarilla, para trasladarle á la cárcel del Santo Oficio en Toledo. Lo que te pedimos no es gran cosa. ¿Qué te importa que quemen ó no quemen al emir?

—¡Oh! sí le importa Suleiman; porque si el emir muriese entre las garras de estos clérigos, seria cosa de llevarse algun tiempo agujereando sotanas á puñaladas, dijo ferozmente Jafar.