Este lanzó un grito horrible.

—¡Eh, silencio! dijo Suleiman: ¡ó la órden ó tu vida, cardenal!

Diciendo esto Suleiman tomó un libro en folio que habia sobre una mesa, buscó un pedazo de papel, le puso sobre el libro, tomó una pluma del tintero, y puso aquel libro con aquel papel sobre las rodillas del prelado y en su mano la pluma. En tanto Jafar alumbraba con una bugía, y en la otra mano tenia desnuda su daga.

El inquisidor general comprendió, que habia llegado el momento de elegir entre el martirio ó hacer al rey y al Santo Oficio traicion y se decidió por la traicion.

Tomó la pluma y ya enteramente entregado se puso en la actitud del que espera que le dicten para escribir.

Suleiman estaba perfectamente enterado de la forma, por decirlo asi, chancilleresca, usada por la Inquisicion en estos casos, puesto que dictó sin detenerse lo siguiente:

«Nos don Fernando Valdés (seguian todos los cargos dignidades y títulos del cardenal.)

»Por la presente mandamos á el alcaide de las prisiones del Santo Oficio de la Inquisicion de Toledo en Madrid, entregue al familiar don Luis de Robles y á los ministros que le acompañen, el cuerpo de don Juan de Andrade, preso en la dicha cárcel del Santo Oficio de Toledo en Madrid, sin ponerle oposicion, ni obstáculo alguno, bajo pena de excomunion mayor, perdimiento de oficio, y demás á que hubiere lugar. Dado en Madrid á 22 de Junio de 1567.—Don Fernando Valdés.»

—Falta el sello, dijo Suleiman.

—¡Oh! ¡oh! exclamó el cardenal; ¡que falta el sello! pero el sello no le tengo yo; le tiene el consejo de la Suprema.