—Pero tú tienes un sello superior, y yo sé donde está ese sello.
Suleiman fué á una mesa; forzó con su daga uno de los cajones, le abrió, sacó de él una barra de lacre verde y un sello de hierro, derritió algun lacre sobre el papel, estampó sobre el lacre el sello, y luego, volviéndose triunfante al cardenal exclamó:
—Deseabas conocer á los monfíes, cardenal, y los has conocido: pero has tenido mas suerte que otros que solo les han visto el rostro para morir.
Tras estas palabras salió, dejando encargado á Jafar de la guarda del cardenal.
Dos horas después se oyeron tres silbidos en la calle: entonces Jafar, que se habia sentado frente al cardenal, se levantó, ató fuertemente al inquisidor con una cuerda que sacó de su bolsillo, y sin consideracion á su edad ni al estado de su salud, le puso una mordaza.
—Es necesario procurar que no grites, le dijo, y des la alarma antes de que nos hayamos puesto en cobro. En pasando una hora te desafiamos y lo mismo á tus sabuesos para que nos encuentres. Me voy con el sentimiento de no dejarte mudo para siempre; pero quien puede mas que yo no lo quiere. Pídele á Dios no ver otra vez delante de tí, á los monfíes de las Alpujarras.
Y el impío hizo una mamola al prelado, dió una zapateta, se le rió en las barbas y salió.
Don Fernando Valdés, se quedó rugiendo tan fuerte como se lo permitia la mordaza.
CAPITULO XXI.
De lo que pasó en un calabozo de la Inquisicion de Madrid.