Dos horas antes de acontecer lo que en el capítulo anterior dejamos referido, se detuvo delante de la puerta de la cárcel que tenia en Madrid la Inquisicion del arzobispado de Toledo, una litera conducida por dos hombres y escoltada por otros cuatro y salió de ella un hombre embozado.

Precedióle uno de los que escoltaban la litera, que llegando á la guardia, hizo llamar al alcaide y cuando este estuvo presente, el embozado que de la litera habia salido, mostró en silencio un papel al alcaide, el cual, á penas hubo leido el papel, dijo á quien se lo habia dado:

—Sígame vuesamerced.

—Despues de haber abierto dos fuertes rastrillos, de haber recorrido callejones y patios y de haber bajado escaleras, el alcaide abrió la puerta de un calabozo, situado en un sótano, é introdujo en el al embozado.

—Cuando quisiereis salir, le dijo señalándole una cuerda que pendia dentro del calabozo de la pared, tirad de esta cuerda.

Y dejó dentro al embozado, cerró la puerta y se sintieron sus pasos que se alejaban.

El embozado miró en torno suyo, y se encontró en un espacio cuadrado, estrecho, de bóveda baja, sin mas muebles que un lecho, una mesa y una silla. En la mesa habia una luz, algunas redomas, hilas y vendajes; y en el lecho un hombre que estaba vuelto el rostro á la pared y que no se movió, á pesar de la presencia del embozado en el calabozo.

Mirábale profundamente el recien llegado entre su embozo y el ala de su sombrero, pero pasó algún espacio sin que dijese una sola palabra.

Al fin dijo con acento breve y duro:

—¡Duque de la Jarilla!