—Hé aquí que te esperaba, y no me he engañado, dijo Yaye sin volverse.

—Creo, Dios me perdone, que os permitís tutearme, dijo con una cólera mal contenida el embozado.

—¿Y bien no somos iguales? dijo Yaye.

—¡Iguales!

—Si por cierto: los dos somos reyes.

—¿Por quien me tomais?

—Te tomo por quien eres: por mi enemigo el rey de España.

—¡Oh! ¡esto es ya demasiado! exclamó el encubierto á quien irritaba lo sereno del acento de Yaye. ¿Os atreveis á llamaros enemigo del rey?

—Vaya si me atrevo: y me he atrevido á mucho mas y sabe Dios hasta que punto me atreveré en lo sucesivo.

—¡Es decir que creeis veros libre!