—Tu audacia, solo es comparable á tus delitos, dijo el rey.

—¡Mis delitos! ¡y hablas tú de delitos, verdugo coronado!

Nunca, el rey don Felipe se habia oido tratar de tal modo: nunca, él, tan celoso de su autoridad, tan déspota como todos los déspotas de la historia juntos, habia necesitado de tanta fuerza de voluntad para dominarse: sin embargo, como Yaye poseia terribles secretos, muchos de los cuales atañian al príncipe su hijo, no queria que nadie pudiese oir las revelaciones del emir de los monfíes, y estaba resuelto á todo para arrancarle la confesion que anhelaba; por otra parte, tales eran sus intenciones con respecto á Yaye, que solo veia en el un cadáver.

—Te estoy probando mi magnanimidad y mi grandeza, le dijo, cuando tolero tu osadia: estás herido y preso, y es necesario que se conozca cuanta diferencia hay entre un príncipe cristiano y un capitan de bandidos.

—¿Y por qué vienes tú solo, rey, encubierto, de una manera vergonzosa, á visitar al capitan de malhechores? ¿No hay verdugos en tus reinos, ó es que me crees tu igual y quieres que este asunto se quede entre los dos?

Don Felipe estaba mudo de asombro. Yaye que hasta entonces habia permanecido echado, con el rostro vuelto á la pared, se levantó, se sentó sobre el lecho y dijo contemplando frente á frente al rey:

—Tu soberbia, le dijo, no te deja comprender la razon que tengo para ser tu enemigo. Sin embargo, debia bastarte para conocerla, saber que yo soy rey de los moros de las Alpujarras.

—De los bandidos, querras decir.

—En buen hora; pero entonces tú tambien eres un rey de bandidos.

—¡Yo!