—Si, tú, nieto de la reina Isabel, hijo del emperador don Carlos, es decir descendiente de una raza maldita que se ha alimentado con sangre humana y con lágrimas de desesperacion.

—Me habian dicho que los monfíes erais una gente braba y desalmada, pero no me habian dicho que erais maldicientes: ¡hasta donde llegará tu audacia, moro!

—Escúchame con calma y no me interrumpas, rey. Cuando un hombre es enemigo de otro, y sobre ser su enemigo es caballero y leal, debe procurar que se conozcan los motivos de su enemistad.—No es la causa de mi odio hácia tí ni hácia los tuyos, el que en tiempos de los Reyes Católicos, tus bisabuelos, fuese conquistado por ellos el reino de Granada. El Dios de las batallas, el Dios fuerte, el Dios Altísimo y Unico, da la victoria ó la quita; hace esclavo al señor y señor al siervo. ¡Dios lo quiso! mi pueblo hubiera obedecido las leyes del vencedor, si el vencedor hubiera cumplido religiosamente las capitulaciones pactadas con el vencido: pero esto no sucedió: esas capitulaciones han sido rotas: tus capitanes generales han azotado y maltratado á los moriscos; tus frailes los han bautizado á la fuerza; tus jueces y tus golillas los han robado; tus vasallos les han prodigado toda clase de insultos, hasta el punto de manchar la honra de sus mujeres y de sus hijos; la Inquisicion los ha quemado y la Chancillería los ha ahorcado; un anatema de servidumbre, de muerte y de infamia ha caido sobre ellos, y al probar la insurreccion una y otra vez, no han sido rebeldes, sino que han usado del derecho que da Dios á los oprimidos de levantarse contra la mano infame que los despedaza. Esto solo bastaria para que yo, descendiente de ese pueblo, rey de los valientes que no han sabido doblegarse al yugo, fuese tu enemigo: la patria me manda defenderla contra tí, probar todos los medios de libertarla de tu tiranía; y como si esto no bastase, voy á decirte las razones que tengo como hombre para ser tu enemigo. Escucha: mi madre murió á manos de la Inquisicion.

—¡Hereje, acaso!

—No, murió porque era hermosa, bajo el peso de la venganza de un fraíle.

—La Inquisicion no se engaña.

—Es verdad, porque asesina á sabiendas. Pero déjame continuar: la mano de un soldado español mató á mi padre, que espiró entre mis brazos, pidiéndome venganza. Yo he empezado á vengarle.

—¡Que le has vengado!

—Si: he vengado á mis padres, matando á cuantos frailes, golillas y soldados he habido á las manos: he vengado ademas en tí, á mi pueblo.

—¿En mí?