—Si, en tí. ¿Quien ha impulsado á la rebeldía á tu hijo?

—¡Oh! exclamó, con acento rugiente, don Felipe.

—Es verdad que para ello he roto el corazon de mi hija, pero te he herido en tu soberbia, porque tú no tienes corazon, don Felipe. Te he herido en tu esencia de rey, porque don Carlos es tu hijo único, y tú le matarás, rey, tú le matarás.

—¡Que yo mataré á mi hijo!

—Si, tú le matarás, porque antes que padre eres rey, y tendrás miedo de tu hijo.

—Yo romperé con tu vida esa horrible red de desgracias: ¡por san Lorenzo, mi patron, te lo juro!..... No te conocia bien y habia venido á hacerte merced... pero ahora... ahora que sé que de tí no puedo esperar mas que crímenes, ¡morirás, moro, morirás!

—No faltará en todo caso quien gobierne á mis monfíes, que con mi muerte tendrán una infamia mas de que pedirte cuenta, rey.

—Has hablado de traiciones de mi hijo, preguntó con un creciente anhelo don Felipe.

—A tu hijo le pesa tu vida, rey.

—Mi desventurado hijo está loco.