—Sus locuras ó mas bien tu miedo te obligarán á matarle.

—¡Matarle! ¿crees tú que para hacer justicia en los traidores me sea necesario matar á mi hijo?

—¡Le matarás!

—¡El nombre! ¡el nombre de los que alientan las rebeldías de don Carlos!

—Esos nombres se reducen á uno solo: ese nombre es el mio.

—¡Tú! ¡pero como has podido tú..!

—¡Como! primero prevaliéndome del amor extremado, insensato que tu hijo siente por mi hija, la hermosa duquesa de la Jarilla: despues derramando oro á manos llenas entre los flamencos, y manteniendo entre ellos consejeros que los decidan á negarte la obediencia y á aclamar por su señor á tu hijo.

—¡Oh! ¡infame! ¡infame alevosía!