¡Morirás! ¡morirás como no ha muerto ningun hombre!
—Y ten mucho cuidado con el príncipe tu hijo, rey, no sea que la Inquisicion averigue que anda en tratos con los luteranos y te le queme vivo.
El color generalmente pálido del rey se habia tornado lívido y sus ojos centelleaban.
—Ya ves si me vengo de tí; un solo hijo que tenias te lo he muerto en cuerpo y en alma; porque tu le matarás por traidor y Dios le condenará por hereje.
—¡Morirás, morirás, como no ha muerto ningun hombre! exclamó don Felipe, tirando de la cuerda que le habia indicado el alcaide, y haciendo sonar una campana; morirás lentamente, dia por dia, hora por hora, minuto por minuto; padecerás como padecen los condenados en el infierno, y llegará un dia en que aterrado, domado, cobarde, me reveles los nombres de los traidores.
—¿Y crees tener poder para todo eso, don Felipe?
—¡Que! ¡y creerás tú que puedes librarte de mi justicia, bandido!
—Ya lo veremos.