—Pues bien, si, lo veremos: tu único juez y tu único verdugo seré yo: nuestros únicos testigos los muros de la Inquisicion. Adios, pues, rey de las Alpujarras. Que vengan á sacarte de entre mis manos tus monfíes.
—Ve en paz rey don Felipe, ve en paz, si puedes: has querido conocerme y te he hablado franca y lealmente... Pero silencio, oigo pasos que se acercan, hasta mas ver, don Felipe.
En efecto, se habian escuchado pasos cercanos y poco despues resonaron los candados y los cerrojos del calabozo, que se abrian.
Yaye se volvió de nuevo á la pared. El rey se encubrió enteramente.
La puerta se abrió y apareció el alcaide.
—Guiad á fuera, le dijo el rey.
Salieron y la puerta se cerró.
Poco despues Yaye los sintió alejarse.
CAPITULO. XXII.
Que sirve de epílogo á esta segunda parte.