—¡Se habrá adelantado por fatalidad el rey á los mios! dijo para sí; y luego añadió alto; ¿y para qué he de levantarme y vestirme?
—Si no quereis levantaros, contestó el alcaide, se os levantará; sino quereis vestiros, se os conducirá desnudo.
Yaye comprendió que herido y débil, se encontraba enteramente á merced de aquellos sicarios, y se levantó y se vistió lentamente.
Cuando estuvo vestido, el alcaide mandó á los dos familiares que le sostuviesen en razon de su debilidad, y sacándole del calabozo, le condujo hasta un patio donde le esperaba una litera.
—¿Es ese el duque de la Jarilla? dijo una voz que estremeció de alegría á Yaye.
—Si, por cierto, señor don Luis de Robles, este es ese condenado preso, que tanto nos han encargado que guardemos. Alégrome que me quiten de encima esta guarda, y lo cedo de muy buena gana al alcaide de la cárcel de Toledo. Dadme, si gustais, el recibo de su excelencia, señor familiar.
—Tomad, pues, y que Dios os guarde señor Roquelillo; vamos, ganapanes, cargad con la litera y en marcha, que se hace tarde.
Yaye se sintió conducido, y poco despues oyó abrirse y cerrarse sucesivamente tres rastrillos.
Luego solo oyó el paso acompasado de algunos hombres que le acompañaban.
Mientras estuvieron en Madrid no hablaron una sola palabra, pero apenas hubieron salido por la puerta de los Pozos, cuando toda aquella gente se metió, llevando consigo la litera, por las tierras á campo atraviesa, y cuando se hubieron internado en ellas se pararon y un hombre abrió la portezuela de la litera: