Hoy los lagartos asoman entre las grietas de las ruinas, y las culebras se deslizan entre los escombros cubiertos de musgo, y los habitantes conservan acerca del castillo y de la atalaya la memoria de dos nombres que son dos historias sangrientas. Las ruinas del castillo guardan el nombre de Muley Aben-Humeya: las de la atalaya el de Muley Aben-Aboo.

No hay alpujarreño que no sepa contaros, si se lo preguntais, cómo murieron cada uno de los hombres que llevaban aquellos nombres; no hay uno solo que no os diga que sus antiguas viviendas han sido arruinadas, porque sus dueños estaban malditos de Dios.

Las que hoy son ruinas, eran en 1568 dos edificios característicos.

Empezemos por el castillo.

Ocupando la ancha planicie de la cumbre se levantaban cuatro torreones cuadrados, unidos entre sí por cuatro muros robustos y almenados: ni un agimez, ni una galería, ni mas que algunas estrechas saeteras, se veian en aquel recinto exterior, pero en el centro del extenso cuadrado comprendido dentro de aquellas torres y muros, se veia un bellísimo alcazar moruno, con torrecillas caladas, galerías, miradores, cúpulas y pizarras, resplandeciente con sus vivos colores; era aquel alcázar, dentro de aquel fuerte y rojizo recinto murado, lo que podia ser una hermosa dama, cuya magnífica y engalanada cabeza se levantase sobre una armadura de guerra: fuera, robustez, almenas enhiestas, profunda caba, hondo rastrillo, puerta chata y maciza de herradura, matacanes y ladroneras: dentro, todos los bellos caprichos de la arquitectura oriental; galerías cinceladas con esbeltas columnas de alabastro; agimeces con dobles arcos festonados, y entre estos arcos y trás estas columnas, cristales rica y maravillosamente matizados, como los de nuestras viejas catedrales góticas; era aquel un alcázar fuerte, de los tiempos medios de la dominacion de los árabes en España; una especie de casa de placer de algun rey moro, que al mismo tiempo servia de alcazaba á la villa: una de esas magníficas huellas que dejó trás sí el paso de ese maravilloso pueblo árabe.

La atalaya que coronaba la cumbre del monte sobre Cádiar, era un edificio severo, escueto, que se destacaba vigorosamente sobre el horizonte, y que descubria con sus cuatro ojos negros, abiertos en su muro circular de piedra, ennegrecida por el tiempo, un número considerable de pueblos y montañas, y el mar por la parte de Levante. Dábala entrada una pequeña puerta de herradura, y por la parte oriental, sobre una cortadura del monte, se veia una ventana estucada, dividida por una columnilla blanca, y guarnecida por vidrios de colores; este era el único detalle delicado y bello que se notaba en aquel macizo torreon negruzco; detalle que á tiro de arcabuz dejaba conocer que era una adicion reciente, una herida abierta en el muro antiguo, una especie de respiradero practicado en el centro de la torre para hacer habitable y un tanto cómoda aquella atalaya de guerra.

Dulcificaba un tanto su aspecto brabío, una pequeña huerta y una blanca casita adherida á la atalaya por la parte del Sur. La cumbre se habia allanado y cercado con un tapial, y una noria, á que daba vueltas un enorme buey, mantenia la frescura y la frondosidad de un emparrado, colocado como un toldo delante de la fachada de la casa, y que corria hasta la puerta de la atalaya, y á las legumbres y á los árboles frutales que ensanchaban sus frondas odoríferas, bajo el templado cielo del Mediodía.

Un perro, una legion de gallinas y algunos patos, que nadaban en un estanque donde se recogian las aguas de la noria, daban ruido y vida, una vida especial á aquel pequeño recinto, dulcificando lo severo y sombrío del aspecto de la atalaya.

Entre esta y el castillo de Válor existia no sé que de extraño y hostil. La atalaya, hasta en la pequeña perforacion que se habia practicado en ella abriendo en su muro un agimez, era severa y sencilla; pero altiva y enérgica, por decirlo asi, como un viejo y veterano centinela avanzado al enemigo: el castillo, cuyas defensas estaban deterioradas, y desatendidas, parecía envilecido por aquel alcázar tan delicado y tan bello que á nada podia compararse tanto como á una cortesana corrompida y coronada de flores, que se sentase sobre un viejo y abollado arnés de guerra: la atalaya parecia representar la ancianidad brabia aun é indomable, y el castillo el valor degradado, el atleta rendido á los pies de la hermosura.

Entre el castillo y la atalaya filosóficamente considerados existía un abismo.