Pasando de los edificios á sus habitantes respectivos, hallaremos entre ellos diferencias esenciales.
Eran dos mujeres viudas, cada una de las cuales tenia un hijo.
La una, la moradora de la atalaya se llamaba doña Isabel de Córdoba y de Válor. La otra la habitante del castillo doña Elvira de Céspedes.
Veinte y dos años habian pasado por estas dos mujeres desde la fecha en que las presentamos á nuestros lectores al principio de nuestro relato.
Doña Isabel contaba, pues, cuarenta y dos años; doña Elvira cuarenta y cinco.
Por un privilegio de la naturaleza estas dos mujeres se habian conservado hermosas, en la edad en que generalmente ha empalidecido la hermosura de la mujer, han brotado en su cabeza las canas, y se han impreso en su rostro las arrugas.
Doña Isabel y doña Elvira no tenian ni canas ni arrugas.
Comprendiase, sí, á primera vista, que no eran jóvenes; pero nadie se hubiera atrevido á decir que eran viejas.
Encontrábanse en ese desarrollo de vida y de hermosura, que viene á ser como el estío en la vida de la mujer, en que lo que la falta de frescura la sobra de fuerza, de vigor.
Eran todavía dos mujeres peligrosas.