Cuando salia doña Isabel de su casita adherida á la atalaya, ó cuando salia doña Elvira del castillo para bajar á las poblaciones, siempre habia ricos y jóvenes moriscos que las aquejasen con pretensiones.

Llamábanlas, por último, en la comarca las hermosas viudas.

Sin embargo desde la muerte de Miguel Lopez, ó poco despues, doña Isabel se habia retirado á las Alpujarras, á la villa de Cádiar donde habia dado á luz un hijo, y se habia mostrado sorda á todas las pretensiones, vistiendo severamente sus tocas de viuda, y dedicándose por completo al cuidado de su hijo á quien amaba de una manera extremada; doña Elvira, antes de la muerte de don Diego de Córdoba, su esposo, se habia retirado á la villa de Válor donde habia dado á luz á don Fernando de Válor, y del mismo modo despues de la muerte de don Diego se negó de todo punto á contraer un nuevo enlace, concentrando, como doña Isabel, todo su amor en su hijo.

A pesar de que vivian á poca distancia, ninguna de las dos cuñadas se visitaron, ni se vieron una sola vez, desde la noche en que, veinte y dos años antes, habia sido incendiada por los moriscos la casa de don Diego de Córdoba y de Válor.

Pero si doña Isabel y doña Elvira no se veian, no acontecia lo propio respecto á sus hijos Diego Lopez y don Fernando de Válor.

Cuando fueron mozos, estos se encontraron cazando en la montaña, ó en Granada, á donde solian ir con frecuencia, ó en donde era mas peligroso: en las reuniones de los moriscos, á las que se les llevaba para nutrir en sus almas el odio contra los cristianos.

Las ambiciones de los parientes de entrambos jóvenes, habian hecho nacer entre ellos rivalidad y aun odio; odio y rivalidad que disimulaban, pero que no por ello eran menos fatales: los parientes de Miguel Lopez no cesaban un punto de decir á Diego su hijo, que su madre doña Isabel, era descendiente del Profeta; que si bien era verdad que don Fernando de Válor su primo, era el primogénito de la familia, sus vicios, su afeminacion, y la estrecha amistad que como veinticuatro de Granada y capitan del rey de España sostenia con los cristianos, le hacian peligroso, cuando él, pobre, aislado en las Alpujarras, contando sus únicos amigos entre los moriscos, fuerte, robusto y severo en sus costumbres, era mas á propósito para ponerse al frente de ellos: los allegados de don Fernando de Válor excitaban de la misma manera la ambicion de este, recordándole siempre su alto orígen y avivando su odio á los cristianos con traerle continuamente á la memoria, el desastrado fin de su padre. Contribuia no poco á ello, su tio don Fernando, á quien se conocía entre los moriscos con el nombre de Aben-Jahuar-el-Zaquer. Encargado este de su tutela, habia pretendido, aunque en vano, pasar de tutor á padrastro por su casamiento con su cuñada doña Elvira; pero esta se habia negado constantemente; don Fernando sin embargo no habia cedido; enamorado y empeñado cada vez mas por la peligrosa hermosura de doña Elvira, habia procurado hacerse de un arma contra la misma doña Elvira de su hijo don Fernando: enervó su alma, se apoderó de él, le corrompió, y para sujetarle mas á su influencia le casó con Inés de Rojas, hija de Miguel de Rojas, morisco influyente, tan ambicioso como Aben-Jahuar, y dispuesto á ayudarle en sus proyectos que eran tenebrosos.

Reducíanse estos, á poner como condicion á doña Elvira, el engrandecimiento de su hijo, á trueque de su mano, ó su anulacion completa ante los moriscos si persistia en su negativa. Fácil era de comprender que, amando como amaba doña Elvira á Aben-Humeya, su hijo, no vacilaria, por repugnante que le fuese, en entregar su mano á Aben-Jahuar, su cuñado, á trueque de que Aben-Humeya fuese proclamado rey por los moriscos de Granada, cuando llegase el caso inminente de una insurreccion decisiva. Miguel Rojas, por su parte, morisco influyentísimo, como ya hemos dicho, no podia menos de desear que el marido de su hija, llegase á ser rey, y ayudaba con todas sus fuerzas á Aben-Jahuar: este se habia cubierto de la mas profunda reserva, y nadie mas que doña Elvira, porque los ojos de una madre lo adivinan todo, habia adivinado, que Aben-Jahuar, satisfecho su empeño amoroso casándose con ella, no pararia hasta ver satisfecha su ambicion: doña Elvira habia comprendido que su cuñado elevaria á su hijo, que le sostendria hasta cierto punto en el poder, y que le derribaría despues para hacer con su cadáver un escalon del trono de Granada.

Doña Elvira aborrecia, pues á su cuñado; pero encubria su odio, porque Aben-Jahuar estaba apoderado de su hijo, y le tenia como en rehenes.

Abandonado Aben-Humeya á su tio, habia contraido viciosas inclinaciones: era jugador y camorrista como su padre; falto de fe en sus empeños como su padre, y como él infatuado con su orígen: añadíase á esto el odio que doña Elvira le habia hecho concebir contra su tia doña Isabel de Válor, y su primo Aben-Aboo; su corazon era un depósito de amargas pasiones: su pensamiento enloquecia con sueños insensatos: desconfiaba de todo el mundo, y sin embargo á todo el mundo se entregaba: débil, irresoluto, voluntarioso, era á todas luces inferior á su primo Aben-Aboo, á su rival, á su antagonista.