Era este un mancebo de veinte y dos años, á quien la reflexion hacia parecer de mas edad; hermoso; pero con una hermosura enérgica; moreno, con ese color dorado y característico de los oriundos de Africa; pálido, con enormes y elocuentes ojos negros, nariz aguileña, boca de sutiles labios, que indicaban astucia y firmeza, y miembros musculosos y fuertes; pero constituyendo un conjunto esbelto, en que se adivinaban un vigor sumo y una agilidad extraordinaria.

Aben-Humeya, era otro tipo enteramente distinto: su semblante blanco, pálido, de cútis fino y denso, y sus grandes ojos negros de mirada sensual y lánguida recordaban la antigua y casi extinguida raza árabe: aunque á veces brillaba una chispa de valor indómito en sus miradas, aunque habia altivez en la actitud de su cabeza, y algo de magestad en su frente, sin embargo, en la tersa morbidez de sus manos, que hubiera envidiado una dama, en la indolencia de sus movimientos, en esa especie de cansancio habitual que constituye la afeminacion en el hombre, se comprendia que estaba enteramente entregado á la molicie, á los placeres, á la vanidad: sin embargo, como un indicio, como un signo de raza, en medio de esta degradacion, se notaban algunos destellos de valor sereno é infinito, de actividad, de magestad: algo de regio, de grande, de indomable, que debia revelarse y dominar á la degradacion en situaciones dadas, haciendo de aquel hombre otro enteramente desemejante de sí mismo, aunque por un momento.

Aben-Aboo, aventajaba á Aben-Humeya en hermosura, en energía, en virilidad; pero Aben-Humeya aventajaba á Aben-Aboo en fueros y privilegios.

Aben-Humeya era señor de Válor, regidor perpetuo, ó veinticuatro del ayuntamiento de Granada, capitan de infantería, y se llamaba don Fernando.

Aben-Aboo, solo era hidalgo por su madre, vivia oscurecido, y se llamaba lisa y llanamente Diego.

Aben-Humeya era rico y brillaba entre la nobleza castellana.

Aben-Aboo, ó por mejor decir doña Isabel, su madre, lo habia vendido todo á excepcion de la atalaya y la huerta en que vivian en Cádiar, y una enorme casa situada en el Albaicin de Granada, perteneciente al dote de doña Isabel, que esta habia cedido á su hijo, y que estaba continuamente alquilada.

En vano Yaye-ebn-Al-Hhamar, habia pretendido de doña Isabel que aceptase, al menos, cuanto fuese necesario para sostener dignamente los gastos de Aben-Aboo. Doña Isabel se habia mostrado inexorable.

Aben-Humeya tenia en Inés de Rojas una esposa jóven, pura y enamorada, que le habia dado un hijo; en su tio un espíritu que hablaba siempre á su vanidad y á sus pasiones; en su suegro un instrumento servil, que se plegaba á todos sus caprichos, y numerosos amigos parásitos que le adulaban y le ensoberbecian.

Aben-Aboo, solo tenia á su madre, pura y santa mártir, que le predicaba constantemente la virtud y el honor, y unos que, por parte de Miguel Lopez, se creian parientes del jóven, y que este tenia por tales (hasta tal punto habia quedado envuelto en el misterio el orígen de Aben-Aboo) gentes zafias, brabías, que no pudiendo ser nada por sí mismas, lo esperaban todo del derecho que parecia asistir en un caso dado á la corona de Granada, á Aben-Aboo, como descendiente de los Aben-Humeyas por parte de su madre. Pero estas gentes aunque ricas, eran oscuras y no podian dar prestigio alguno á Aben Aboo.