Habia ademas otras disparidades notabilísimas entre ambos jóvenes.

Aben-Humeya, tenia en torno suyo una numerosa y espléndida servidumbre; sus caballerizas estaban llenas de caballos de raza pura; tenia un palacio en Granada y otro en Cádiar, y en estos palacios magníficas cámaras, y en estas cámaras, costosos y bellísimos muebles, cuadros, estátuas, alfombras; cuanto constituia, en fin, la ostentacion de un gran señor de aquellos tiempos.

Aben-Aboo, solo tenia á su servicio un esclavo africano, negro como la noche, fuerte como un cedro, valiente como un leon, y fiel á su dueño como un perro: en su cuadra no habia mas que dos caballos, valientes animales de raza, y tan buenos como los mejores de don Fernando: vivia encerrado en aquella vieja atalaya en cuyo centro habia habilitado un reducido y desnudo aposento, al que, mirando al distante mar, que aparecia á lo lejos entre las rompientes de las montañas, daba luz la ventana ornamentada de que hemos hablado. En aquel aposento no habia mas muebles que un lecho modesto, una ancha mesa de roble con recado de escribir, y algunos legajos de papeles; un armario donde se encerraban algunas ropas sencillas, y un medio arnés de hierro, suspendido de una escarpia: los objetos de mas lujo que allí se veían, eran las vidrieras de colores de la ventana, y una chimenea de mármol blanco del gusto del renacimiento; una pequeña puerta que daba paso á una escalera de caracol, servia de entrada á este aposento que era circular, y tenia cierto aspecto severo y triste, á causa de un pilar de ladrillo agramilado, que sostenia en el centro la bóbeda de agallones al estilo árabe.

Sin embargo, á pesar de las diferencias que existian, segun hemos demostrado, entre ambos jóvenes, estaban puestos en contacto de una manera peligrosa, bajo dos distintos aspectos; el de la ambicion, y el del amor, siendo de advertir, que estas dos pasiones estaban alimentadas por ellos sobre dos fantasmas.

Su ambicion miraba á la corona de Granada.

¿Y donde estaba aquella corona?

En la acalorada imaginacion de los moriscos.

Su amor, en un ser misterioso, cuyo nombre y cuyo semblante no conocian; en una especie de fantasma.

¿Y qué fantasma era esta?

Fantasma ó mujer, el ser á quien amaban Aben-Aboo y Aben-Humeya, era... ¡la Dama blanca de la montaña!