Cuanto de bello y de poético sueña la imaginacion meridional del pueblo andaluz, se atribuia á aquella dama misteriosa: ¿era un fantasma, una hada, un génio de la montaña, ó un ser viviente real y efectivo? Nadie podia asegurarlo; pero era preciso contestar algo: aquella dama que, durante el verano anterior, habia aparecido con suma frecuencia en los desfiladeros de la montaña, por las mañanas antes de salir el sol, y durante las noches de luna; aquella dama misteriosa, siempre encubierta, siempre engalanada con regias vestiduras, conducida en un palanquin, ó cabalgando en una blanca hacanea, resguardada siempre por soldados moros, blancos como ella, y encubiertos con las viseras de sus cascos, no podia ser otra que la sultana Zoraya[12], que consecuente á su nombre y á su amor, se levantaba de su tumba antes de la salida del sol, ó á la luz de la luna, para mirar la altísima y siempre nevada cumbre de Muley-Hacem, donde creia ver la sombra de su esposo.

Esto, que no pasaba de ser una conseja, era creido como un artículo de fe, no solo por los moriscos, sino tambien por los cristianos viejos. Estos la maldecian porque era la sombra de una perra infiel y renegada, á cuya influencia se debian sin duda las calamidades que afligian á la comarca: los moriscos sentian hácia la dama fantástica, un horror invencible, porque, al fin, ¿la sultana Zoraya no habia sido cristiana? ¿No se habia llamado doña Isabel de Solís? ¿Enamorando al rey Hacem, no habia motivado los zelos y la venganza de la sultana Aixa la Horra[13], las disidencias entre los infantes sus hijos y el rey Boabdil, hijo de Muley-Hacem y de Aixa, y las guerras civiles de Granada y por ellas la pérdida del reino?

Segun los moriscos, la sultana Zoraya, castigada sin duda por Allah, vagaba insepulta expiando sus pecados: ella era el espíritu maldito de las Alpujarras; ella tenia sobre sí, no solo la execracion de los habitantes cristianos, sino tambien la de los moriscos.

¿Pero acertaba en sus deducciones el vulgo? ¿Habia algo de cierto en aquella conseja?

No hay tradicion que no tenga algun fundamento: la Dama blanca existia; pero lejos de ser un fantasma, era lo que mas adelante, en el discurso de nuestro relato, verá, el que lo leyere.

Para Aben-Humeya y Aben-Aboo, la Dama blanca era mas que una mujer; entrambos, habian acechado su paso escondidos entre las breñas; entrambos la habian visto, y aunque siempre encubierta, era tal la magia, el encanto que se desprendia de ella, que entrambos se habian enamorado.

Aben-Aboo y Aben-Humeya, estaban separados por las dos pasiones que mas imperio ejercen sobre el corazon humano: el amor y la ambicion.

Sin embargo, siempre que los dos jóvenes se encontraban, se saludaban sonriendo; siempre antes de separarse, se estrechaban con fuerza las manos; pero siempre que Aben-Humeya se asomaba á los miradores de su castillo de Válor, lanzaba una mirada llena de odio á la atalaya de Cádiar; siempre que Aben-Aboo sacaba la cabeza por la ventana de su nido, arrojaba una mirada letal al castillo de Válor.

Entrambos tenian respectivamente, el uno para el otro, la palabra de amistad en los labios, y el odio en el corazon.

Para aumentar este odio, la suerte parecia vacilar entre los dos.