Los moriscos de las Alpujarras despreciaban á Aben-Humeya, y los monfíes, aquellos horribles bandidos invisibles, habian dejado mas de una vez el cadáver de un perro á la puerta de su castillo, lo que era una afrenta horrible entre los moros, y al mismo tiempo una amenaza: por el contrario, los xeques de la vega de Granada y del Albaicin, seducidos por Aben-Jahuar-el-Zaquer, tio paterno de Aben-Humeya se habian declarado ardientemente sus partidarios, y pensaban en él para hacerle rey de Granada.

Habia ademas, otra persona parienta de entrambos jóvenes, á la que nunca habian visto; pero cuyo parentesco conocian, y cuya influencia sentian, y á quien aborrecian por la misma razon que se aborrecian entre sí: por ambicion: aquel hombre era demasiado poderoso para que no les fuese temible: era el que mas derechos tenia á la corona de Granada; porque aquel hombre, en una palabra, era Yaye-ebn-Al-Hhamar, emir de los monfíes.

Nuestros lectores, por lo que acabamos de consignar, comprenderan, que la vida del emir habia llegado á su situacion mas dramática; nuestros lectores conocen los amores de Yaye con doña Elvira de Céspedes, esposa de don Diego de Córdoba y de Válor, y con doña Isabel, hermana de este: saben tambien, que por una horrible fatalidad, aquellos amores habian dado por fruto dos niños, cuyo verdadero orígen, habia sido cubierto respectivamente por decoro de familia: nadie sabia aquel secreto, mas que las dos mujeres y Yaye, siendo de presumir, que lo supiese tambien la persona que se habia apoderado de las cartas de doña Elvira y de doña Isabel, en que ellas mismas habian descubierto aquel secreto. Por mas que habia hecho Yaye, no habia podido averiguar quién habia sido el ladron de aquellas cartas, lo que le tenia en una ansiedad increible.

Fuera de esta persona ignorada, nadie habia que pudiera revelar aquel secreto. A nadie constaba si Miguel Lopez, antes de partirse á las Alpujarras, habia poseido á su esposa. Nadie sabia la terrible escena que habia acontecido entre don Diego de Válor y doña Elvira, á la vuelta de aquel de las Alpujarras, y antes de que fuese preso por el capitan general. Miguel Lopez no habia podido revelar nada, porque habia muerto de hambre en el subterráneo; don Diego de Válor, que esperaba para vengarse verse en libertad, acusado con pruebas fehacientes del asesinato de su cuñado, habia muerto en la prision; su hermano don Fernando, al tiempo de la muerte de don Diego, se encontraba en Africa á donde habia ido á buscar auxilio en nombre de los moriscos de Granada, en la córte del dey de Argel, y nada pudo revelarle el preso antes de morir. El secreto, guardado de una parte por la tumba, y de otra por intereses de familia, no podia ser descubierto, sino por la mano misteriosa que habia robado sus únicas; pero terribles pruebas.

Hermanos Aben-Humeya y Aben-Aboo, solo se creian primos, y se aborrecian de muerte, y este aborrecimiento; cuya causa conocia Yaye, le aterraba.

Porque Yaye no podia dudar de que los dos jóvenes eran sus hijos, y esto para él era una fatalidad mas: sino hubieran sido hermanos de Amina, el emir que conocia las rivalidades de entrambos, las hubiera atajado, uniendo á Aben-Humeya con su hija, cumpliendo de este modo el antiguo contrato de las dos familias, y satisfaciendo ó sosteniendo con mano fuerte la ambición de Aben-Aboo.

Llovian las contrariedades sobre el emir. Del mismo modo que Aben-Humeya se habia hecho partido entre los moriscos de Granada y de la Vega, Aben-Aboo, por las influencias de los parientes de Miguel Lopez, su falso padre, se lo habia hecho entre los de las Alpujarras.

Ademas, por su valor, por su fanatismo musulman, que en vano habia querido dominar su madre; por sus atrevidas excursiones á la montaña; por algunas muertes dadas, aunque secretamente, á algunos castellanos, habia llamado la atencion de los monfíes que le apreciaban sobre manera, del mismo modo, que, como dejamos dicho, insultaban á Aben-Humeya.

Sabíalo esto Yaye, y veia venir las disidencias y las luchas intestinas entre los moriscos. Queria remediarlo y no podia. Todos los caminos se le cerraban. Amina, Aben-Aboo y Aben-Humeya, eran sus hijos.

Yaye habia empezado á ser hombre, cometiendo grandes desaciertos. Habia escuchado á su ambicion y á su fanatismo, mas que á su corazon; habia, en una palabra, cometido crímenes: el crímen no puede producir mas que crímen, y Yaye, ya casi en el otoño de su vida, veia levantarse contra él su pasado de una manera aterradora: dos mujeres, hermosas aun y llenas de vida, sedienta la una, doña Elvira, de venganza, lo que no se ocultaba á Yaye; resignada la otra, dona Isabel, pero infeliz, víctima de la ambicion y de los crímenes de su familia, mártir inocente que devoraba su dolor y sus lágrimas, ocultándolas á todo el mundo. Ademas de estas dos mujeres, era otro cruel remordimiento para Yaye, su hija, su infeliz Amina, deshonrada á sus ojos, enamorada de una manera insensata del marqués de la Guardia; una niña, una infeliz criatura dada á luz por Amina, oculta, bastarda, con un porvenir oscuro; sus dos hijos Aben-Humeya y Aben-Aboo, empeñados en una lucha sorda, pero por lo mismo mas terrible. Calpuc, el rey del desierto, viniendo de tiempo en tiempo de América, trayéndole tesoros, representante á un tiempo de la desventura de Estrella y de la desventura de Amina, y luego ¡oh! luego otro remordimiento mas terrible, mas aterrador... El príncipe don Cárlos de Austria, el insensato, á quien él habia lanzado á la rebeldía contra su padre, el infeliz loco habia sido procesado por el terrible Felipe II, y habia muerto en el alcázar de Madrid[14].