Dios, el rey y los médicos de cámara, Oliva y Vallés, el divino (como se le llama aun) sabian si el príncipe habia muerto por enfermedad, por excesos, ó por un veneno: la historia nada sabe, nada ha podido decir, sino que el príncipe murió preso y procesado por su padre, y este horroroso suceso, este parricidio, acaso, pesaba sobre el alma de Yaye, la torturaba, la estremecia, porque, aunque Felipe II fuese su enemigo natural, el verdugo de su pueblo, lo horrible, lo monstruosamente criminal, este sobre todos los odios, flota sobre todos los intereses.

De modo que Yaye, que habia tenido la vanidad de la virtud, y la ambicion de un héroe, se encontró cuando empezaba á descender el sol de su vida, con el alma ennegrecida y humillado por el remordimiento, y con la desesperadora certeza de no haber hecho nada por su patria.

Tales eran la situacion de Yaye, de doña Isabel de Válor, de doña Elvira de Céspedes y de sus hijos, en la fecha en que se encuentra nuestro relato.

CAPITULO II.

El peregrino y el ermitaño.

Un dia de invierno del año de 1568, domingo por cierto á 19 de diciembre, despertó Granada, la que llaman los poetas paraiso oriental, jardin de amores, alcázar de perlas, castillo fuerte y contentamiento de la vida; despertó, decimos, tan envuelta en nieblas, que no parecia sino dueña mogigata y pudibunda, ú honesta desposada, que sale á la calle la mañana siguiente de sus bodas, y se cubre con su rebocillo en el breve tránsito de la casa nupcial á la iglesia. Lo cierto del caso es, y nos dejamos de peligrosas figuras, que tal y tan espesa era la niebla, que apenas se lograban ver los objetos á diez pasos de distancia; que algo mas allá los árboles parecian fantasmas y que, por último, algun espacio mas allá nada absolutamente se veia mas que el fondo perdido, vago y flotante de las extremidades de las nubes que tocaban á la tierra y la inundaban con una lluvia menuda, espesa y fria como la nieve.

Corria, otro si, un vientecillo tan sutil y helado que los traginantes y demás gente de camino que iban por el de las Alpujarras á Granada, tenian gran cuidado de llevar calados los chapeos hasta los ojos y subidas las mantas, capas ó capotes hasta las narices, requisito sin el cual se exponian á convertirse en carámbanos, á beneficio de un aire colado y á pesar del cual se les helaba el aliento á la salida de las narices, escarchándose sobre los mostachos de quien los tenia: era, en fin, una de esas homicidas mañanas de invierno contra las cuales no hay mejor defensa que el lecho y una habitacion herméticamente cerrada y convenientemente caldeada.

Si fuera preciso que nuestros lectores nos acompañasen en cuerpo y alma, en una mañana tal y con tal frio, al lugar en que es necesario que nos apostemos para esperar á ciertas personas, estamos seguros que del infinito número de lectores que han de tomar en sus manos este libro, solo quedaria alguno de esos calaveras á quienes nada pone espanto, y que estan siempre dispuestos á correr una aventura, siquiera sea en el infierno, ó algun desesperado cansado de la vida, y á quien fuese indiferente morir de pulmonia, de pasmo ó á mano airada. Pero, afortunadamente, tanto nuestros lectores como nosotros, no tenemos necesidad de otra cosa que de trasladar nuestra atencion, entidad moral é incorpórea, agena por lo tanto al frio ó al calor atmosférico, á la ermita de san Sebastian, antigua mezquita de moros, convertida despues de la conquista de Granada por el celo religioso de nuestros abuelos en santuario y hoy (vicisitudes de la suerte) por el espíritu mercantil y codicioso de nuestra época, en taberna.

Sin embargo, y decimos esto de paso; sin embargo de que el humo del aceite del figon y de los cigarros de los borrachos, ha ennegrecido el interior de aquel pequeño edificio cuadrado, á pesar de que un innoble hacecillo de sarmientos se mueve al impulso de las auras del Genil sobre el venerable arco árabe de la antigua mezquita, como en muestra de que allí puede embriagarse todo el que quiera por algunos maravedises, aquel edificio, envilecido por los hombres, conserva los gloriosos recuerdos de haber acampado junto á él los ejércitos de Castilla y de Aragon, el mismo dia en que se entregó Granada á los Reyes Católicos, que, rodeados de su córte, de sus prelados y de sus mas grandes capitanes, vieron desde aquel punto ondear sobre la distante torre de la Alcazaba de la Alhambra los tres pendones de Castilla, de la fe y de las órdenes militares: una lápida antigua, incrustada en el lado oriental de la ermita que conserva en una sencilla inscripcion estos gloriosos recuerdos históricos, forma un enérgico contraste, es casi una protesta, contra el hacecillo de sarmientos y las impuras bacanales de rameras y gente perdida, cuotidianos concurrentes del garito, y una voz muda, pero severa, que acusa ante el buen patricio, ante el hombre de corazon y ante el extranjero, la incuria de los que no han sabido defender del envilecimiento, aquel depósito de tan nobles tradiciones, aquel santuario donde se ha elevado entre el humo del incienso del altar, el homenaje de adoracion y alabanza del hombre á su Criador.

Pero dejando el tono declamatorio que sin saber cómo, nos ha inspirado el recuerdo de la mezquita-templo-taberna, situémonos junto á ella y veamos si llegan las personas á quienes esperamos.