Inútil es decir que en aquellos tiempos la ermita de san Sebastian era una verdadera ermita, con su fraile-lego-sacristan, su esquilon colgado entre dos postes sobre la puerta, su rejilla de hierro abierta en ella, y su lámpara siempre encendida delante del altar, que se veia á través de la rejilla.
Acababa de amanecer, ó por mejor decir, de esclarecerse la luz del dia, harto empañada por la niebla, cuando de entre esta y ya cerca de la ermita, se destacó un bulto, primero informe, y perfectamente perceptible poco despues; componian el bulto un hombre y un asno; vestia el primero, que venia cabalgando en el segundo, un hábito de peregrino; esto es: sombrero de anchas alas, fatigadas por enormes conchas, muceta igualmente conchuda, túnica de buriel y bordon con la consabida calabacilla pendiente de su extremo superior; era el segundo un sesudo y robusto jumento de las Alpujarras, enjaezado con jáquima y albarda á la morisca; esto es: enriquecidas ambas con flecos de estambre y seda de colores á que llaman alhamares de la tierra, y adornada la cabeza con un penacho voluminoso, cuya tiesura contrastaba de una manera original con lo abatido y lacio de las enormes orejas del jumento, abatidas por el frio y por la lluvia.
En vez de seguir adelante por el enlodado y difícil camino que siguiendo por la márgen izquierda del Genil, sobre que está situada la ermita, conduce al cercano puente y á la ciudad, el peregrino tocó suavemente con la extremidad de su bordon el lado derecho de la cabeza del asno, y este se dirigió en derechura á la puerta de la habitacion del ermitaño, adherida por la parte del rio á la ermita.
Es de advertir que el peregrino no se habia descubierto ni santiguado al pasar junto á la cruz de piedra situada delante de la ermita, irreverencia notabilísima en aquellos tiempos, y que hacia sumamente sospechoso á quien tal desacato se permitia: ello es verdad que nadie podia haberlo visto, porque en la pequeña área en que podian ser perceptibles los objetos á causa de la niebla, no habia otra persona que el irreverente, ni otro testigo que el asno, y aun este, por su posicion natural, no podia notar la falta, y caso de que la hubiera notado, ya sabemos hasta donde llegan el silencio y la discrecion de un borrico.
Apeóse el peregrino cuando el animal hubo de detenerse, no pudiendo pasar adelante á causa de la interposicion del muro de la ermita, y acercándose aquel á la puerta de la habitacion del ermitaño, dió en ella y consecutivamente tres fuertes golpes con el herrado cuento de su bordon.
Contestó inmediatamente tras de la puerta una voz nasal y característica, verdadera entonacion frailuna y untuosa, á cuyo sonido contestó el peregrino en dialecto extranjero gutural y acentuado:
—¡Al-jandul-illah![15]
—¡Le ille-Allah![16] contestó inmediatamente con entonación devota y enérgica una voz robusta y varonil, al mismo tiempo que se abría la puerta y dejaba ver un ermitaño robusto de cuerpo, de barba bermeja, cútis cobrizo y ojos negros y centelleantes, envuelto en un hábito ceniciento de franciscano descalzo.
Miráronse frente á frente ermitaño y peregrino y el primero dijo al segundo:
—Yo esperaba á un hombre que pronunciara á mi puerta el nombre de Dios.