—Yo soy ese hombre, contestó el peregrino.
—¿Ha llegado el dia hermano? dijo el ermitaño.
—Se acerca la hora, contestó el peregrino.
—Muéstrame una señal para que pueda creerte.
—Déjame entrar en tu casa, dijo el peregrino, viendo que el ermitaño cubria recelosamente la estrecha entrada.
Apartóse el ermitaño, y el peregrino tirando del ronzal del asno, le introdujo en un reducido patio en cuyo centro existia aun la pequeña fuente de ablucion de la mezquita, y al fondo bajo un parral en esqueleto, una preciosa puerta árabe minuciosamente labrada y orlada de inscripciones cúficas, con leyendas del Koram.
El ermitaño cerró inmediatamente la puerta exterior: entonces el peregrino se quitó el sombrero, levantó una de sus conchas, y arrancó de ella un pequeño pergamino cuidadosamente enrollado, que habia estado adherido con cera á la parte interna de la concha, le desenrolló y le mostró al ermitaño.
Este leyó lentamente el contexto del pergamino, que consistia en algunas líneas de pequeños y hermosos caracteres africanos, escritos con tinta roja.
—¿Cómo te llamas? dijo el ermitaño mirando profundamente al peregrino.
—Abul-Hhassan, contestó aquel.