—Esta noche á las doce, sabré quién ha de ser rey de Granada.
—Que Dios te ilumine para bien de su pueblo santo faqui, dijo el Julaní con acento de amenaza. Entre tanto, y como tu permanencia aquí no es prudente, ven.
El Julaní se levantó y llevó al faqui á un ángulo de la estancia donde estaba la humilde tarima de penitente, que le servia como complemento de su apariencia cenobítica; la apartó y debajo de ella quedó descubierta una trampa cerrada con un candado: sacó el Julaní una llave de la manga de su hábito, levantó la compuerta y quedó descubierta una trampa.
Abul-Hhassam fue á descender por ella.
—Espera, dijo el Julaní; es necesario que todo lo que ha venido contigo desaparezca.
Y salió al patio, asió el ronzal del jumento, tiró de él, le introdujo en la habitacion y le hizo descender por la trampa: siguióle Abul-Hhassam, y poco despues marchaban por un pasadizo llano, á cuyos costados habia algunas puertas, iluminado por una lámpara pendiente del techo.
—¡Daruh! exclamó el Julaní cuando estuvieron en el pasadizo.
Poco despues por una de las puertas laterales apareció un hombre jóven, robusto y de aspecto feroz, vestido exactamente como los monfíes de la montaña.
Este hombre examinó atentamente á Abul-Hhassam, y volviéndose al Julaní le dijo.
—¿Qué me quieres walí?