—Lleva este asno á la caballeriza, ponle pienso como á nuestros caballos y vuelve.
Daruh tomó el ronzal del asno, y desapareció con él por una puerta inmediata.
—¡Tus caballos! ¡tus caballerizas! exclamó con asombro el faquí.
—Si por cierto: estamos preparados: en un solo momento los monfíes de las Alpujarras saldran de debajo de la tierra armados y cabalgando como en tiempos de Boabdil.
—A quien Dios maldiga.
—Si; maldígale Dios: fue un traidor.
Apareció entonces Daruh.
—Guia á este hombre de Dios, le dijo el Julaní señalando al faquí, á casa del Hardon en el Albaicin.
—¡Qué! ¿de esta entrada corren muchas minas al interior?
—Tantas Abul-Hhassam, que si Daruh no te acompañase te perderias en su laberinto. Pero á Dios: no puedo faltar mucho tiempo de la mezquita: que Dios te guie y te ilumine, faquí.