—Que la proteccion del Dios Altísimo y Unico esté sobre tí, hermano.

Habia un ligero acento de amenaza en las palabras con que se habian despedido el wali y el faquí.

Daruh encendió una lámpara, y echó por la mina adelante precediendo al faquí.

El Julaní permaneció un momento inmóvil y pensativo.

—El emir lo quiere, dijo al fin; pero hace algun tiempo no eran esas sus intenciones: ¿le habrá engañado ese astrólogo embustero? ¿Quién sabe? Que Dios ilumine al magnífico emir.

Despues de estas palabras el Julaní subió, cerró la trampa, puso sobre ella la tarima, y tomando de sobre una mesa en que habia un crucifijo y una calavera, un cepillo de cobre, salió á la ermita, abrió su puerta y se puso en ella exclamando de tiempo en tiempo con voz compungida, y haciendo sonar algunas monedas que contenia el cepillo:

—¡Hermanos caritativos! ¡ayudad con vuestras limosnas al culto de esta santa ermita!

CAPITULO III.
La recua, el carro y el ginete.

El sol habia salido, y haciendo honor á los pronósticos de Abul-Hhassam, la niebla se habia disipado, contribuyendo á ello, un fuerte viento del Norte que habia arrojado las nubes hácia Sierra-Nevada, en cuya cima se agrupaban, como sirviéndola de turbante.

El golpe de vista que se gozaba desde la ermita de san Sebastian era bellisimo: una ciudad maravillosa, Granada, iluminada por los primeros rayos del sol de la mañana, aparecia, extendiéndose su anfiteatro desde el puente de Genil hasta la encumbrada Alhambra que recortaba sobre el purísimo y radiante azul del cielo, sus torres y sus muros almenados, y sobre estos y entre aquellos, los verdes cipreces de los adarves de la torre de la Vela de la Alcazaba, el bello palacio del emperador Carlos V, y la iglesia de santa María. Has cerca las torres Bermejas, con sus robustas defensas; el cerro de los Mártires, cubierto de cármenes, y estos cármenes cubiertos de verdura, á pesar de la estación, merced al verdor eterno de los laureles, los naranjos, los cipreces y los nopales. Mas abajo los muros, siguiendo las inflexiones de las colinas; la Puerta del Sol, las torres de la ribera de los Molinos, la puerta de Bib-Lachar, el Cuarto Real, la puerta, la del Rastro, de Bib-Ataubin, la Real, de Bib-Arrambla, hasta perderse á lo lejos entre las calles de la ciudad nueva; y dentro de los muros, cubriendo las colinas, casas blancas como tórtolas en su nido, entre las que brotaban cipreces y laureles, y los campanarios de las parroquias y de los conventos, y de las capillas; y todos aquellos capiteles relumbrando, todas aquellas casas frescas y galanas, todo aquel verdor desmintiendo al invierno y aquellos castillos pesando sobre las cumbres; todo visto á través del dorado vapor producido por la luz matinal del sol naciente, y á la derecha la Sierra-Nevada con su turbante de nubes, su blanco manto y su anfiteatro de montañas; á la izquierda la extendida vega y las distantes y azules cordilleras; cerca el murmurante y claro Genil; en torno la tierra empapada por la lluvia exhalando un tenue vapor bajo los rayos del sol; todo aquello, repetimos, era una magnífica poesía, escrita la mitad por la mano de Dios, la otra mitad por la mano del hombre.