El camino de las Alpujarras, ó como ahora se dice, de Armilla, se hacia mas concurrido á medida que avanzaba el dia; hermosas y robustas aldeanas, la mayor parte moriscas, montadas á las ancas de sus pollinos, por temor de manchar con el lodo, sus encarnados zagalejos, llevando en los serones hortalizas ó en los capachos gallinas y corderos, pasaban alegres entonando el lánguido fandango, é interrumpiéndole de tiempo en tiempo para animar su cabalgadura; oíase sin interrupción el zumbido de los cencerros de las recuas, que conducían á la ciudad los variados frutos de las ricas Alpujarras, y de tiempo en tiempo pasaba tambien algun hidalgo, ginete en su cuártago con el arcabuz en el arzon y la espada al cinto; toda esta gente, las aldeanas que saltaban de una manera hechicera de las ancas de sus asnos; los arrieros que se separaban de su recua; el hidalgo que dejaba momentáneamente el camino, se dirigian á la ermita, se descubrian, se santiguaban, y dejaban caer media blanca, ó moneda de mayor valía, en el cepillo del ermitaño.

Unos decian al dar la limosna:

—¡Dios le guarde santo ermitaño!

Otros:

—Dios nos ayude hermano.

A los primeros contestaba el Julaní:

—Dios se lo pagará en el cielo.

A los segundos.

—Dios tendrá misericordia de nosotros.

Los primeros eran cristianos viejos: esto es, vencedores.