Los segundos eran moriscos: esto es, vencidos.
Hacia ya mas de una hora que el fingido ermitaño pedia para el culto de la ermita, y agitaba el cepillo que era enorme, y que sucesivamente iba produciendo su sonido mas ronco, y haciéndose mas pesado, cuando se oyó un cencerro mucho mas sonoro que los que habian pasado hasta entonces, acompañado del sonido de muchas campanillas, y desembocó por el camino una recua de poderosos burros que venian al trote, excitados por sus arrieros.
Pero lo que tenia de extraño esta recua, ademas de la riqueza y de la variedad de los penachos y los caireles con que venian engalanados los jumentos, era que para cada uno de ellos venia un hombre, y que estos hombres eran jóvenes, robustos, bien encarados y gallardos; vestian ni mas ni menos, como los traginantes de las Alpujarras; quien los hubiera contado, hubiera visto que llegaban á veinte y dos, y que tras ellos, ginete en un macho, sobre una vistosa enjalma, venia un hombre de mas edad y respeto, y al parecer como capataz ó mayoral de aquella gente; en cada asno detrás de la carga, que era abultada, aunque no de un peso excesivo, á juzgar por lo desembarazado y fácil del trote de los jumentos, se veia un largo arcabuz, y en cuanto al que hacia cabeza de aquellos hombres, llevaba sujetos al cinto dos pedreñales y una daga, en el talabarte una espada y á mas de esto dos arcabuces pendientes á los costados de la parte posterior de la enjalma.
Estos veinte y dos jumentos, sonoros con su cencerro y sus cascabeles, pasaron como una exhalacion por delante de la ermita, no sin que el Julaní los mirase de una manera profunda, no á los burros, sino á cada uno de los hombres que llevaban á las ancas, ni sin que todos estos hombres mirasen con profunda atención al Julaní. En cuanto al capataz de aquella gente, se desvió del camino, enderezó su mulo á la ermita, se descubrió respetuosamente al pasar por delante de la cruz; pero con un tanto de tiesura y como quien lo hace de mala gana, y parando junto al falso ermitaño, que acortó el trecho, saliendo al encuentro del que llegaba, cepillo en ristre, el ginete se inclinó y echó en el cepillo un doblon de á ocho.
Aquella enorme limosna, que trocada en cobre hubiera llenado veinte cepillos, era sin duda una seña, puesto que el Julaní dijo palideciendo y mirando fijamente al ginete, que era un hombre como de cuarenta y seis años.
—¿Con que ha llegado la hora?
—Si, contestó el otro.
—Tú eres el walí, Harum-el-Geniz, exclamó el Julaní mirando fijamente al otro.
—Si, si por cierto, y vengo bien disfrazado cuando solo me has reconocido por la voz.
—Buena barba y buenas cejas traes. ¿Y esos valientes que han pasado con la recua son de los nuestros?