—Si, son de la taha de Cádiar. Pero vamos á lo que importa. Tras mí viene un carro de mulas resguardado por cuatro de nuestros mejores hermanos; dentro de poco estará aquí y entrará una persona que viene en el carro á orar en la ermita: deja ya de pedir y espera dentro; ya suenan las campanillas de las mulas del carro, y mi buena recua va lejos. Adios.

Y apretando las espuelas al mulo, partió al galope al mismo tiempo que el Julaní se metia en la ermita.

Poco despues apareció en el camino un carro que adelantó á buen paso; tiraban de él cuatro mulas, al cabezon de una de las cuales iba asido un zagal jóven y ágil: en la delantera iba un mayoral fornido, y la entrada del carro iba cubierta por una doble cortina de cuero.

Detrás y á poca distancia armados con lanzas á la gineta, venian cuatro lacayos de buen aspecto, y lo bien costeado y lujoso del carro, el valor de las mulas y de los caballos de la servidumbre, y las libreas de estos, todo demostraba que quien de tal modo hacia su viaje, era una persona principal.

El carro se dirigió á la ermita y cuando estuvo cerca de ella paró, uno de los lacayos echó pié á tierra, tomó de la zaga una escalerilla de madera, la apoyó contra la delantera, y el mayoral abrió las cortinas que cerraban la entrada: entonces salió una persona con trage negro de caballero, y apoyándose ligeramente en el hombro del lacayo, que á pesar del frio tenia el sombrero en la mano, saltó al suelo casi sin tocar los travesaños de la escalerilla, pasó junto á la cruz, se quitó devotamente la gorra y entrando en la ermita se arrodilló delante del altar.

La estatura de esta persona era mediana para hombre y aventajada para mujer, y decimos para mujer, por que por la redondez de sus formas, por lo mórvido de su cuello, que se veia en parte entre una rica gorguera de Cambray y un cumplido antifaz de terciopelo que cubria su semblante; por lo brillante y sedoso de sus largos rizos, muy reparables entonces, puesto que los nobles llevaban los cabellos exageradamente cortos; por la altura de su pecho, por la pequeñez de sus manos, por mil indicios, en fin, de delicadeza y de hermosura femenil, se comprendia que aquella persona era una mujer disfrazada de hombre.

Sus ropas eran ricas, y como hemos dicho, enteramente negras, y de terciopelo; únicamente su capotillo era de riquísimo paño de Segovia, forrado de armiños; llevaba espada y daga; pero no pequeñas como pudieran suponerse pendientes de la cintura de una mujer, sino tales como pudiera haberlas usado un capitan de los tercios de Italia, aunque de gran riqueza y primor en sus empuñaduras; últimamente, sus botas de gamuza adobada estaban armadas de espuelas de oro y (cosa extraña) pendiente de un cordon de seda negro, llevaba sobre el pecho una plaquita de oro, en que estaba esmaltada la cruz de Santo Domingo, distintivo usado por los familiares del Santo Oficio de la Inquisicion.

El antifaz que esta persona llevaba, sin duda para no ser conocida, no era de reparar en aquellos tiempos, en que tanto los caballeros de algun estado, como las damas, usaban el antifaz cuando iban de camino con el objeto de resguardar el rostro de los agravios de la intemperie.

La incógnita estuvo algun tiempo arrodillada ante el altar y luego se levantó, miró en torno suyo, vió al Julaní que estaba relegado á un ángulo junto á un confesonario, se dirigió á él, sacó de su limosnera un pliego cerrado, se lo dió y sin decir una sola palabra salió de la ermita, y entró en el carro que seguidamente tomó á buen paso el camino del puente de Genil.

El Julaní se volvió de espaldas á la puerta y rompió la nema del pliego en la que se leia únicamente estas palabras: «Obediencia y sigilo.»