Dentro algunas líneas en caracteres africanos muy bien escritos decian: «El Señor Altísimo y Unico prospere tus bienes y te de paz y salud. Sabrás, Julaní, como esta noche á las doce, llamaran á tu puerta todos los xeques de las tahas de las Alpujarras y de la Vega; cada uno de ellos te mostrará una sortija de oro que tendrá escrito en la parte exterior el nombre de Dios. A todo el que te presente una sortija tal le introducirás por la mina, haciendo que uno de los monfíes que te acompañan le guie á casa del Hardon junto á San Miguel. A todo el que pretenda entrar sin mostrarte la sortija convenida, préndele y si resistiere mátale.—El emir.»
Guardó cuidadosamente el Julaní en su seno esta carta, fué á la puerta de la ermita, permaneció en ella con el cepillo en la mano y tan profundamente pensativo, que aconteció que mas de un viandante se acercase á él, echase una moneda en el cepillo y pronunciase la fórmula de costumbre, sin que el le contestara.
Los cristianos al verle tan abstraido decian:
—Es un santo.
Los moriscos:
—¿Qué sucederá que tan pensativo se muestra el Julaní?
Pero hubo de volver en sí de su profunda meditacion al sentirse sacudido de una manera vigorosa.
Miró y vió ante sí á un jóven como de veinte y dos á veinte y cuatro años, de altivo continente, rostro moreno y ojos negros y penetrantes: vestia á la usanza de los hidalgos castellanos, usaba el pelo corto como ellos, llevaba espada, daga y pedreñales y además, como arma defensiva una coraza blanca y limpia y tenia del diestro un magnífico caballo de raza árabe.
—Te he llamado dos veces y no me has contestado, dijo el jóven, ¿en qué diablos piensas, Julaní?
—¡Ah! es Aben-Aboo, dijo aquel conociéndole.