—En verdad, en verdad que ando muy pobre, Julaní.

—Ya lo sospechaba yo. Tu hermosa casa de la calle de San Miguel está alquilada; ya no eres el rico hidalgo que viajaba acompañado de lacayos, ahora viajas solo como un cualquiera.

—¡Qué quieres, Julaní! ¡decretos son de Dios! pero espero recojer con usura el dinero que he sembrado.

—Creo que te engañas, dijo el Julaní. Pero creo tambien que creerás en mi amistad.

—No tengo motivos para dudar de ella. ¡Hemos recorrido tantas veces juntos la montaña! ¡juntos hemos dado muerte á tantos castellanos!

—Y yo que te he visto valiente y noble, yo que sé que como Aben-Humeya tienes derecho al trono de Granada; yo que comprendo que habria un medio para que nuestro invencible emir, pensase en tí para hacerte su heredero, yo que te amo, siento un dolor profundo al decirte que es necesario que renuncieis á la corona de Granada.

Púsose en pié de un salto Aben-Aboo.

—¡Qué renuncie á ser el caudillo de mi pueblo en la guerra que va á emprenderse contra el cristiano! ¡Que otro los lleve al combate! exclamó con voz reconcentrada y el rostro lívido de cólera. ¿Piensas acaso que yo ambiciono una corona? ¡Miseria humana! Honra y nada mas es lo que quiero. Libertar á mi patria lo que ambiciono. ¿Y quién tiene mas derecho que yo para empuñar la bandera del Islam? ¿Quién mas que yo ha trabajado, ha velado, ha sufrido, por libertar á mi patria? ¿No he expuesto mi vida? ¿No he gastado mis riquezas?

—Hé ahí el mal, todo el mal. Por desgracia hay entre nosotros un hombre á quien la plebe cree santo, inspirado por Dios, profeta: no será rey de Granada, sino aquel cuyo nombre salga de la boca de ese hombre. Ese hombre es el faquí Abul-Hhassam.

—Pero Abul-Hhassam...