—¿Y estás enamorado de ella?

—Como nos enamoramos de un misterio, tras el cual creemos encontrar un tesoro. ¿Sabes tú lo que es en las Alpujarras la sultana Amina?

—Si, sé que es un Dios.

—Todos ansían conocerla y ninguno la conoce.

—Te engañas. Hay un hombre que la conoce y que nunca se separa de ella.

—¿Y qué hombre es ese?

—Ese hombre es Harum-el-Geniz.

Despejóse la frente de Aben-Aboo de la sombría nube que la habia cubierto.

—Algunas alboradas de verano, dijo suspirando, al volver la ladera de una montaña, suelen verse en el borde del opuesto barranco, brillantes armas, tocas y almaizares; algunos ginetes armados como nuestros abuelos antes de la conquista, pasan deslumbrantes y magníficos, y entre ellos, en un palanquin cubierto con un dosel de púrpura, va una dama con vestiduras régias, cubierta con un velo: la cabalgata pasa, y con ella el palanquin y la dama, y se pierden en las cercanas quebraduras: muchos han visto este prodigio y siempre antes de la salida del sol: los naturales creen que aquellos ginetes y aquella dama son sombras de nuestros abuelos. Ninguno se atreve á seguirles por temor que aquellas sombras condenadas pierdan su alma. Pero yo un dia me lancé tras ellos al escape de mi caballo.

—¿Y qué sucedió?