—Uno de aquellos ginetes, magníficamente armado, que mostraba en su adarga el blason real de los reyes de Granada, volvió hácia mí á rienda floja, con la lanza baja, y me encontró de tal manera, que me arrojó en tierra, valiéndome para no ser herido, el buen temple de mi coselete, que es el mismo que llevo puesto: entonces aquel hombre, que llevaba calada la visera, me puso la lanza al rostro, y me dijo:

—Júrame si quieres vivir, que no volverás á seguirnos.

—Te lo juro, le contesté. Pero una sola palabra. ¿No es verdad que esa dama no es la sombra de la sultana Zoraya?

El jinete lanzó una carcajada.

—Esa dama, dije con harta imprudencia, es la sultana Amina, hija del poderoso Muley Yaye-ebn-Al-Hhamar.

—Si tú no te llamases Aben-Aboo, contestó con acento irritado el caballero, el nombre que acabas de pronunciar te costaria la vida. Pero cuenta contigo Aben-Aboo; cuenta con lo que haces, con lo que dices y con lo que piensas, porque los monfíes estan en todas partes, hasta en el pensamiento de sus enemigos.

Dicho esto, revolvió su caballo, y fué á incorporarse con la dama, que desde su palanquin habia presenciado impasible mi aventura, y desaparecieron en la vuelta de la montaña. Yo me levanté, monté como pude, y volví á Cádiar. Desde entonces amo á esa mujer. Yo habia visto su apostura magestuosa, sus largas trenzas negras pendientes bajo la toquilla que la encubría: sus brazos desnudos, su talle esbelto, la incitante y lánguida actitud con que iba reclinada en el palanquin que conducian cuatro esclavos negros. Muchas veces he salido de noche de Cádiar, y á pié y solo, he ido á ocultarme en las quebraduras cercana al barranco por donde la ví pasar la vez primera y algunas otras veces, antes de la salida del sol, la he vuelto á ver, ya reclinada en el palanquin, ya á caballo, ya á pié, siempre gentil, siempre magestuosa, pero siempre encubierta. Esa mujer arroja de sí, no sé qué de voluptuoso, de bello, de magnifico, que arrebata, que enamora, que obliga por su mismo misterio á que no pueda olvidársela. Y luego esa mujer que gasta vestiduras tan deslumbrantes como las de una sultana, á quien obedecen hombres feroces, que tiene, sin duda, en alguna sima debajo de la tierra, alcázares maravillosos y tesoros inmensos, es un misterio impenetrable. Llámanla unos la hechicera, otros el espíritu del Islam, que en forma de mujer vaga por las montañas, de donde espera renazca la gloria del pueblo moro; otros la Dama blanca. Yo sé que es la sultana Amina, no sé por qué, pero lo juraria. Esa mujer, y no mi pobreza como habias pensado, es la que me obliga á retirarme de Granada, porque á donde ella esté va mi alma y yo no puedo vivir sin verla alguna vez, oculto entre las breñas.

—¿Y no conoces tú al emir? dijo profundamente el Julaní.

—Nunca le he visto; pero obedezco sus órdenes, acato su valor y le reconozco como nuestro señor.

—¿Y te obstinas en el amor de su hija?