—Es mi ambicion, es mi luz. La busco y se me huye como un misterio, como una sombra: algunas veces he creido tenerla al lado, y luego... era una pobre labriega, hermosa, sí, como son hermosas todas las hijas de las Alpujarras, pero ruda y zafia. Algunas veces he creido escuchar entre las quebraduras, una voz dulcísima que me gritaba: «¡Aben-Aboo!» y era el viento en cuyos zumbidos creia escuchar mi locura acentos humanos; era un sueño; era mi amor que cree verla en todas partes.
En aquel momento rechinó violentamente la tarima, se alzó crugiendo, impulsada por la compuerta de la mina, y apareció un hombre enteramente envuelto, á la usanza mora, en un blanco almaizar.
Al verle Aben-Aboo y el Julaní, se hicieron atrás, y el primero echó mano á la empuñadura de su espada.
—Antes imprudente y ahora loco, dijo aquel hombre cuyas palabras estaban llenas de autoridad: los monfíes estan en todas partes y á nadie temen. ¿Te has olvidado ya de la negra aventura que te aconteció, por seguir á la Dama blanca de la montaña?
—He olvidado la aventura, pero no la memoria de que fuiste generoso conmigo.
Don Fernando de Válor.