—¡Yo!

Te he reconocido en la voz. Tú fuiste el caballero que me derribó.

—Has quedado pobre por la patria, noble Aben-Aboo, dijo aquel hombre con voz solemne, has sacrificado tu amor á tus promesas. Sírvate esto para disculpar tu imprudencia. Amas ó crees amar á esa dama, olvídala. Te crees llamado á ser rey de Granada: los monfíes te daran rey.

—¿Y con qué derecho? exclamó con orgullo Aben-Aboo.

—Con el derecho de la fuerza, con el derecho de la justicia. ¿Qué habeis hecho vosotros y vuestros padres, desde el dia de la conquista? doblegaros cobardemente ante el cristiano, aprender su habla, vestir sus trages, acudir á sus templos, y murmurar en voz baja y estremecidos de espanto, en lo retirado de vuestras casas, delante de vuestras hijas profanadas y envilecidas por el vencedor: y ¿qué hemos hecho nosotros los monfíes de la montaña? no hemos cambiado con el castellano mas que hierro y sangre, odio por odio, exterminio por exterminio: hemos huido de las poblaciones impuras, y hemos hecho nuestros templos las montañas, nuestros alcázares, las grutas de los barrancos: y admírate: somos ricos, poderosos, terribles: la Chancilería se aterra á nuestro nombre, el capitan general nos teme; cuando un monfí da en manos de la Inquisicion, se apresura á entregárnoslo; por nosotros la ley alcoránica vive en las Alpujarras y el Almanzora; y por nosotros, alentais la esperanza de ser libres algun dia, vosotros, los infames habitantes de las poblaciones.

—¡Infame! ¡eso no! llama infame á quien lo sea, no á Aben-Aboo, no al enemigo irreconciliable de los cristianos.

—Eres bueno y leal, jóven: pero es necesario que no seas imprudente. Antepon tu patria á tu ambicion: y espera. Entre tanto, toma.

—¿Qué me dais aquí? dijo con orgullo Aben-Aboo: ¡un bolsillo! ¿Soy acaso un mendigo?

—El emir de los monfíes es tu pariente.

—Es verdad.