—El emir puede darte oro sin humillarte.

—Sí.

—Te ha mandado venir hoy á Granada.

—Es verdad.

—¡Y vienes sin dinero!

El jóven se sonrojó y calló.

—Guarda ese oro, jóven, guárdalo. Yo te lo entrego de órden del emir.

Aben-Aboo guardó el pesado bolsillo.

—Ahora vete: el emir te ha llamado á Granada. Cuando estés en ella, el emir te buscará.

Y señaló con un ademan de imperio la puerta á Aben-Aboo.