Este, dominado, salió, tiró de su caballo, montó en él, y se dirigió á la ciudad.

—Para unos hombres la palabra que manda, dijo el incógnito, para otros el amor, para otros la ambicion, para todos el oro. ¡Miseria humana! Cierra tu puerta Julaní, y sígueme.

El monfí cerró, y precedido del encubierto desapareció por la mina.

CAPITULO IV.

El corral del Carbon.

Aben-Aboo habia tomado el camino del puente de Genil, harto pensativo y preocupado; su porvenir era un laberinto en que se embrollaba su pensamiento cuando queria aventurarse en él: no sabia si esperar ó desesperar: tenia el alma poseida por dos terribles pasiones: la ambicion y el amor: de un lado una corona, del otro una mujer: entrambas misteriosas, pero magníficas, y entrambas difíciles y rodeadas por todas partes de peligros.

Usaban los monfíes de él como de instrumento: ¿le querian por gefe ó por soldado? ¿Quiénes eran aquellos hombres? Bandidos los llamaba el vulgo, pero Aben-Aboo no habia sabido explicarse lo que eran. Robaban, incendiaban y degollaban sin compasion, pero jamás un buen creyente habia sido acometido por mas que hubiese atravesado solo los desfiladeros de la montaña, ni las haciendas de los buenos moriscos habian sido taladas: los cuadrilleros de la Santa Hermandad jamás habia logrado encontrarlos, ni nadie sabia sus guaridas: la dama encubierta era á todas luces su reina, y se hacia rodear de un aparato tal, en sus solitarios paseos por los pintorescos valles y quebradas de las Alpujarras, que era necesario concebir en ella algo de regio, algo de grande, algo de magnífico.

Por otra parte, aquel hombre que acompañaba á la Dama blanca, hasta entonces inaccesible para él, le daba oro en nombre del emir, y le hacia escuchar una voz amiga. ¿Qué significaba esto? le amaba aquella mujer, ó le temia y pretendia seducirle, engañarle y hacerle esperar por amor á Aben-Humeya. De todos modos, Aben-Aboo, deducia, que cuando asi se le trataba, debia temérsele ó apreciársele, y esto ya era mucho: esto significaba que se reconocia su poder.

La esperanza, ese dulce consuelo que Dios ha dado al hombre, empezó á refrescar el hasta entonces árido y seco corazon de Aben-Aboo, y como la esperanza nunca llena el corazon del hombre sin traer consigo alguna parte de alegría, á medida que se abrigaba en el corazon del morisco, iba dulcificando la torva expresion de su semblante, iluminándole con un aspecto de paz y de resignacion que hasta entonces no habia expresado. Al fin, parte por esta causa, y parte por la necesidad que como morisco tenia de mostrarse satisfecho y tranquilo ante los cristianos para no hacerse sospechoso, á medida que despues de haber pasado el puente de Genil, se acercaba á la puerta del Rastro, su semblante se serenaba mas, hasta que, llegando á la puerta, se mostró ya perfectamente tranquilo.

Entonces sus pensamientos cambiaron de rumbo; volvia á Granada despues de una ausencia de algunos meses, y podia decirse, que aunque tenia casa, era como si no la tuviese: reducidos sus bienes por una y otra venta, consumidos del todo en expediciones á Africa y á las Alpujarras, sobre todo como sabemos, en pagar la codicia ó la ciencia de Abul-Hhassan, solo le habia quedado en el Albaicin, dentro del recinto de la Alcazaba Kadima, y cerca de la iglesia de san Miguel, la casa, con honores de palacio, y palacio verdaderamente en aquellos tiempos, que constituia el resto de la dote de su madre, y la atalaya de las Alpujarras con su pequeño huerto. Pero hasta su última dobla habia desaparecido.