Un dia, pues, antes de que llegase el caso de contraer deudas, vendió sus caballos y sus esclavos, quedose solo con dos hermosos caballos árabes de montar, y un esclavo negro, se trasladó con su pequeño capital y su escasa servidumbre á su antiguo señorío de las Alpujarras, y puso su casa ó palacio del Albaicin con todos sus muebles y alhajas en arrendamiento.

Lo populoso, salubre, y en aquellos tiempos aristocrático, del barrio de san Miguel, hizo que su casa estuviese poco tiempo sin inquilinos: presentóse un dia el mayordomo de un caballero de Castilla al administrador de Aben-Aboo en Granada, y por el precio de diez ducados al mes tomó la casa para su señor y su familia.

Aquel caballero continuaba viviéndola, y hé ahí por qué hemos dicho que Ahen-Aboo tenia casa en Granada y no la tenia.

Pero sus circunstancias habian variado: habia aceptado como pariente cercano del emir, aceptando con él, una esperanza, un bolson de oro bastante á satisfacer por algunos meses sus necesidades, y se decidió á usar de su despotismo de propietario, y á arrojar de su cómoda vivienda para ocuparla él mismo, á sus inquilinos.

Pero para llegar á este fin, era preciso pasar por algunos trámites: á saber: buscar al administrador, encargarle del mensaje, esperar la respuesta, y acaso, acaso, andar de justicia.

Pero es el caso, que Aben-Aboo no conocia á su administrador: era de tan poca cuantía la renta que tenia que pasar por sus manos, que el morisco habia desdeñado tratar directamente con él, y habia encargado de ello á su fiel esclavo Agar.

Recordando Aben-Aboo, vino á sacar en claro, ateniéndose á las noticias que le habia dado el esclavo, que venia cada tres meses á Granada á cobrar la renta, que su administrador era un rapista de los famosos de Granada, no porque rasurase bien, sino por su habilidad en puntear la vihuela, que vivia en el corral del Carbon, y que se llamaba maese Pertiñez.

Armado con estas noticias, y recordando que en el mismo corral del Carbon habia una excelente hospedería donde poder esperar el resultado de su intento de desalojo de sus inquilinos, el morisco tomó á buen paso por las callejas que ahora se llaman de san Matías, y tropezando y deslizándose por sus estrechuras, llegó al fin delante de la bellísima portada árabe del corral del Carbon, en tiempo de los moros almarestan ú hospital de los mas famosos de Granada.

Entróse de rondon y á caballo por el arco flanqueado por los tenduchos ó nidos de dos adobadores de pieles de gato, echó pié á tierra en el destartalado corral, y miró en torno suyo.

En un ángulo estaban levantando un tablado y poniendo una cortina, señal clara de que habia llegado á la ciudad alguna compañía de farsantes, y que para aquella tarde se preparaba algun auto, loa ó farsa. Esto tenia en movimiento á todos los habitantes del corral; y las vecinas, andaban en retruécanos y agudezas de casa de vecindad, y los chiquillos miraban embobados á un hombre, que con trage de botarga, dirigia la construccion de aquel teatro informe, muestra de la infancia del arte, compuesto de una docena de malas tablas, de algunos tapices viejos, de una cortina descolorida, y abierta enteramente á la intemperie.