Como era natural, este objeto el mas notable de los que contenia el corral, fijó por un momento la atencion del morisco, que seguidamente se puso á buscar por los ámbitos del corral, los vestigios de la tienda de su administrador rapista.

Vió al fin, una vieja y abollada vacía que se balanceaba colgada del dintel de una puerta tenebrosa, pero lo que mas que nada le indicó que habia dado con su dependiente, fue un alegre y zarandeado ruido, que no armonia, de guitarras y castañuelas, que salia como una tempestad por la negra puerta donde la vacía se balanceaba.

Enderezó para ella sus pasos el morisco, llevando su caballo del diestro, y en breve se detuvo en el dintel de la tienda.

A la presencia de uno que creyeron parroquiano, por interés al dueño de la casa, callaron castañuelas y guitarras, para que se pudiese oir lo que se hablase, y el morisco pudo decir sin temor de no ser oido, en un acento entre llano y altivo, verdadero acento de gran señor que quiere tratar bien á sus inferiores:

—Dios guarde á la buena gente.

—¡Ah! ¡voto á mil legiones de demonios! dijo una alegre voz de jóven desde un negro ángulo: bien venido sea el señor Diego Lopez; ¿y á qué hora? parece que os han llamado con campanilla, mi buen amigo: haced un lugar en el barreño, princesas, é id llenando los vasos: ¡cuernos de Lucifer! ¿pues si es mi mayor amigo?

Y adelantó guitarra en mano y con los brazos abiertos, un bulto, que al llegar mas hácia la puerta, pudo verse lo que era: á saber: un capitan de infantería, jóven y buen mozo, con su abigarrado uniforme, su castoreño, su espada de gabilanes, y unos atrocísimos mostachos retorcidos de una longitud espantosa.

—¡Ah! marqués de mis pecados! exclamó Aben-Aboo, aceptando el terreno que le presentaban y abrazando cordialmente al capitan: vos en este tabernáculo... siempre el mismo, pardiez.

—Mi casa no es tabernáculo, dijo un hombre diminuto, que necesitó para ver al rostro de Aben-Aboo, levantar la cabeza, del mismo modo que un hombre de buena estatura puesto al pié de una torre, se vé obligado á levantarla para ver su parte superior: sabed señor Diego Lopez, que esta es una casa honrada donde concurre gente noble.

—Ya, ya veo que entre vuestros conocimientos teneis nada menos que al marqués de la Guardia.