—¡Chits! exclamó el capitan, ya lo habeis dicho dos veces y me habeis perdido: nadie extraña que un capitan ande con la bolsa un tanto ligera... los pagadores de los tercios nunca tienen dinero... pero un marqués... no lo creais, señores, el señor Diego Lopez, mi amigo, se chancea... yo no soy ni mas ni menos que un buen soldado del rey, que gasta lo que tiene, cuando lo tiene... eso si; ¡ea! siga la zambra, y vos sentaos y mirad en qué buena compañía nos encontramos.
Dispensad un momento, don Juan, dijo Aben-Aboo; necesito antes que todo, hablar con maese Pertiñez. ¿No es esta la tienda de maese Pertiñez?
—Ya se ve que si, y no me espanta que hayais preferido mis navajas, caballero; son unas excelentes navajas cuando yo las uso... nos conocemos hace ya mucho tiempo; el que se rasura una vez en mi casa, de seguro viene ciento.
Y el hombrecillo suavizaba una enorme navaja en un pedazo de cuero negro y lustroso.
—¡Ah! ¿sois vos maese Pertiñez? Pues mirad, nunca lo hubiera creído... me pareceis hombre de bien.
—¡Cómo, caballero de gente honrada vengo, y apellido uso, que mas noble, ni en la córte... los Pertiñez...
—Son indudablemente unas gentes honradas, pero nada importa eso: dejad vuestra navaja que por ahora no pienso ser desollado, y ved donde podemos hablar unas palabras á solas.
Y Aben-Aboo, que no habia pasado dos palmos dentro de la tienda, ató las bridas de su caballo á la celosía, que segun costumbre en esta clase de establecimientos, heredada sin duda de los árabes, servía de cancela, y siguió á maese Pertiñez que le indicaba una pequeña puerta.
—Ya sé para lo que me habeis llamado aparte, caballero, dijo con gran misterio Pertiñez cuando estuvieron dentro de un reducido cuartucho... vaya si lo sé... pero os advierto, que la empresa en que os meteis es difícil.
Aben-Aboo, que tenia mas de un motivo para dar importancia á palabras menos graves que aquellas, se alarmó, pero encubriendo su cuidado, dijo de la manera mas natural del mundo: