—¿De qué empresa quereis hablar, amigo mio?
—¡Bah! todos los señores de Granada estan alborotados, desde que vino ese prodigio; todos, hasta el mismo don Fernando de Válor, hombre que jamás ha puesto los piés en mi casa, y que ha estado hablando conmigo dos horas largas sobre el mismo asunto.
—Pero, ¿de qué prodigio y de qué asunto hablais, mentecato? dijo Aben-Aboo, que era por naturaleza impaciente, y que al oir el nombre de don Fernando de Válor acabó de impacientarse.
—¡Ah! yo creia que veniais por la reina mora.
—¿Por la reina mora? ¿Qué reina es esa?
Miró con asombro el barbero á Aben-Aboo, y luego dijo:
—¿De donde venis caballero?
—Quiero contestaros aunque vuestra pregunta sea importuna. Vengo de las Alpujarras.
—¡Ah! acabáramos: ya no me extraña que vos no conozcais á la reina mora. Y decidme, ¿no era de eso de lo que veniais á hablarme? me alegro, porque asi me ahorrais el trabajo de desesperanzaros.
—Acabemos de una vez, dijo Aben-Aboo ya enteramente perdida la paciencia y alarmado por el misterioso sentido de las palabras de maese Pertiñez. Sepamos claro qué empresa es esa tan difícil, y de qué reina mora se trata.