—Pues señor, la reina mora no es ni mas ni menos, que una famosa comedianta, llamada Angélica, que hace á las mil maravillas de reina mora en una farsa de moros y cristianos, que se ha hecho ya tres veces en otros tres dias de fiesta: y como la tal Angélica gasta unas plumas y una saya de relumbron, que no hay mas que pedir, y tiene una voz de ruiseñor, y llora que da lástima (porque la farsa es muy lastimosa), y es la mas garrida manceba que yo he visto en todos los dias de mi vida, que es mucho encarecer, porque en Granada hay mozas como serafines, han dado las gentes en llamar á la Angélica la reina mora, y los caballeros que gustan de galanteos, y aun los que nunca han andado en ellos, en la empresa de rendir su desvio, que os juro que es empresa mayor y mas difícil que ninguna de las que llevaron á cabo los Doce Pares de Francia.
—Acabarais de una vez, maese, con vuestras impertinencias que me han hecho perder mas tiempo del que quisiera. Vamos á lo que me interesa. Vos cobrais cada tres meses treinta ducados de una casa que poseo en san Miguel.
—¡Qué poseeis! ¡luego vos sois, el señor Diego Lopez!
—Ya habeis oido que asi me nombraba el capitan don Juan.
—Perdonad señor, pero hay en este mundo tantos Lopez y tantos Diegos...
—Bien, quiero perdonaros, pero á condicion de que me habeis de hacer un encargo que me interesa, por el aire.
—Mandad, señor.
—Ireis á mi casa.
—Iré.
—Direis á las gentes que la habitan, que se muden al momento.