Rascóse una oreja, como en muestra de que encontraba sumas dificultades en el negocio, el rapista, y murmuró algunos monosílabos.

—¡Qué! ¿creeis, que no puedo yo cuando guste disponer de mi casa? Creo que esa fue una de las condiciones del arriendo: ademas, que segun me ha dicho Agar mi esclavo, la tal gente no ha traido un solo mueble, sino que se sirven de los mios. De modo, que es lo mas fácil del mundo, que carguen con sus maletas y se vayan á donde mejor les convenga: no he de pasarlo yo mal, alojado en una hospedería, teniendo casa en Granada.

—Y una casa tal como la vuestra; pero es el caso, que la casa está arrendada á personas muy principales: y ya veis que el caso es díficilillo... Cuando se trata de gente noble y rica... tomariánlo á desprecio, me despedirian de mala manera, y vos podriais tener un lance.

—Me importa poco.

—Pero cuando las cosas pueden hacerse yendo por el buen camino, es dislate echar por el malo... si consintierais en darle un plazo siquiera de ocho dias...

—Ni tres.

—Yo os procuraría hospedaje tal, que no os pesase (y el rapista se sonreia maliciosamente), tabique por medio de la Angélica, de la reina mora.

—De alguna mozuela descarada que me ponderais, esperando que os pague bien las diligencias.

—Me injurias, caballero; los Pertiñez...

—Van á concluir á mis manos si sois vos el último de la familia.